==/EntrelasvíaS/==

"Irse de la ciudad es fácil. Basta con apretar los dientes y encomendarse a los trenes que hienden la noche".

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La hoja de sauce

Otra vez tarde. Un día más brinqué por las escaleras de casa mientras me cruzaba la bolsa de lana, metía las llaves al bolsillo y corría en dirección al mercado. Sin tiempo para pararme, embutí en el chullo mi cabeza mojada y crucé entre los coches para intentar alcanzar el camioncito verde de la línea 28.

Según como viniera de lleno, a veces tocaba quedarse en los meros peldaños, la puerta abierta, y pasar el importe de mano en mano hasta que llegara al chófer. Eso, si era posible subir.

Ese día hubo suerte y alcancé a situarme detrás del conductor. Asido a un pasamanos, saqué el libro de la bandolera, luchando por mantener el equilibrio entre los arreones y la multitud y evitando a duras penas que las gotas del cabello mojaran las páginas. Aquel recuerdo de Jujuy, que tenía forma de gorro, se había convertido en la medida más cómoda y útil para evitar un constipado sin llegar tarde al trabajo.

Cada vez que alguien se apeaba, el conductor pedía a los pasajeros que ahuequen espacios corriéndose hacia atrás. Así, al cabo de unos minutos, uno terminaba detrás del todo y solía conseguir sentarse.

Sin levantar la mirada del papel, quedé encajonado entre dos cuerpos, en el asiento central trasero. Una vez sentado, solía considerar aquel el mejor momento del día. En ese momento me ocupaba una pequeña historia de fútbol, normalmente de perdedores o de héroes villanizados, que me ofrecía Eduardo Galeano. Fui consciente de mí mismo cuando una de las múltiples anécdotas me llenó de regocijo. Héroes olvidados que dejaban sus trabajos de mecánico, vendedor o pescador para marcar unos cuantos goles y hacer fantasear a países enteros antes de morir, viejos y olvidados, en la barra de algún bar. Pero, bien fuera antes de morir o fuera póstumo, siempre solía haber un pequeño homenaje de la mano de alguien, o algún cronista perdido estaba dispuesto a redimir aquel error, a vengar aquella injusticia, a hacer al mundo culpable de olvido.

Algo consiguió sacarme de mi lectura. Una pequeña hoja de sauce había caído sobre mi muslo izquierdo y estaba perfectamente colocada, todo su largo, sobre mi pantalón vaquero. Primero la miré. Luego la agarré, la examiné y alcé mi vista hacia arriba para buscar una explicación. Se había colado por la trampilla, ligeramente abierta, del techo del autobús, para caer girando y girando hasta posarse con una sublime demostración de tino. Alguien quería hacerme consciente a mí, más consciente todavía, de ese momento único.

La metí en la página dedicada al brasileño Didí e inmediatamente cerré el libro. Tras hacer sonar el timbre como de portería vieja, salté a la calle cuando la velocidad fue más baja. El chófer recuperó su ritmo normal y se alejó, mientras yo me perdía entre las calles con mi libro y con su nueva hoja.

10/09/2007 04:25

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