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>>Sent 03/04/07 01:25
La vida se ve distinta con una pierna en alto. Uno puede, por fin, leer, puede oír música o navegar, pero todo tiene un límite. Porque uno quiere correr, irse lejos, bailar, agacharse y trepar para encontrar vistas distintas para encuadrar las fotos. Anoche fui consciente de mi búsqueda cuando me di cuenta de que estoy empezando a tener las manos amoratadas. Pronto me saldrán callos y ya asoma cierta tendinitis; y me quedarán las manos con la forma del asa de las muletas. Es buena señal. Me siento vivo, porque no me conformo. Y supongo que esta es una buena manera de mover ficha en la constante huída del medio. De el medio.
El medio es un sopor diferente a este. Uno está en el medio no cuando no puede moverse, sino cuando no quiere. O porque ni su mundo de alrededor ni el de su piel adentro le dan señales suficientemente nítidas, o más bien, no es capaz de descodificarlas. Creo que dentro del hastío por este descanso obligado he encontrado el equilibrio, al menos para un rato. Ayer, tras remar más de cinco manzanas de camino a la discoteca, después de una cena de cumpleaños, rehusé a entrar y en un arrebato de prudencia me tomé un autobús a casa. Las ansias de gente e historias nuevas, tan necesarias a veces, se suavizaron con esa especie de paseo que parecía la ascensión al calvario pero que, tras la cena, el vino y el Ibuprofeno, me venía como agua de mayo. Fue como terminar exhausto un partido con victoria: tenía premio, pues para mí el mero paseo era casi el momento más libre de la semana.
Leo estos días un libro sobre un polaco desplazado al término de la segunda guerra mundial. Dice que hay veces en que uno recopila vivencias pero no encuentra la forma de interpretarlas, de darles un marco común del cuál extraer sus conclusiones. Cuán frecuentemente esto ocurre. Pero creo que hay un estado en que las vivencias simplemente se suceden en un orden que parece aleatorio, mas sin embargo todas encajan como piezas de un mismo puzzle, y entre todas aciertan a configurar un ritmo cuya cadencia armoniza con uno. Si es capaz de alejarse en busca de una visión más holística, uno se ve yendo por el buen camino, sea simplemente digno de vivir su vida. En dicho contexto, retomar la escritura (como una forma de salir del medio) es como enhebrar una aguja e ir cosiendo las escenas para armar la historia de este tiempo. Es coger el taco de fotos de las últimas vacaciones, asignarles comentarios y despegar las hojas vacías de acetato para añadir el tomo que faltaba al álbum de la vida. Es el poder de la escritura, que hace que de la misma materia prima zurzamos un traje nuevo para atribuir a los últimos inputs un determinado color. Es un reciclaje selectivo de memorias, una desfragmentación del disco duro, labor muy digna de bibliotecario que se vuelve necesaria. Pues tanto para un cojo prudente, como para un coleccionista, un fotógrafo o cualquiera que escribe, todo consiste en cerrar ciclos, llámense rehabilitación, colección, álbum o artículo, es la satisfacción de concluir lo imperfecto que produce una enorme paz postrera.
Poco a poco estoy recuperando esos contextos creativos en que uno siente a flor de piel. No es fácil lograrlos en una ciudad donde la rutina te persigue con su frenetismo y no deja tiempo para pensar y de la que sólo te das cuenta cuando haces balance del escaso número de películas, exposiciones, libros, y papel en blanco y boli que has disfrutado últimamente. Los momentos off me llegan cuando regreso por unos días a mi casa, en Vitoria, o cuando programamos una excursión montañera para un fin de semana. Pero se hace muy necesario intercalar fragmentos conscientes en el día a día. Me refiero a esos en que uno es consciente de sí mismo y que le permiten retomar lo que queda de semana como si fuera una especie de Amelie.
Os podría recomendar que buscarais en las salas "Vete de mí" o "Partículas elementales", pero voy a hablar de "La silla".
Julio Wallovits, su director, es director creativo de SCPF, la agencia de moda en los últimos años. Casualmente, sin conocerlo, hace un años fui a su antigua agencia -Arnold- para entrevistarme con él, pero había salido. Esta mañana confirmaba al leerlo escrito que él es argentino, pero ya lo sospechaba tanto por su nombre como por el tratamiento, por ese sustrato como de catálogo de almas en pena que tiene la película, algo que no sé por qué narices cuesta tanto plasmar en aquí (no quiero, aunque suceda, caer en el recurrente determinismo de la argentinidad). Ayer había en ella algo de El perro o de Whisky, o de tantas otras, más implícito que el tango de Piazzola. Un ritmo de los que desespera a la mayoría es en mi opinión una de las claves de una película que, más que nudo y desenlace, intensifica y disuelve sensaciones en una tremenda cuesta abajo sin frenos. Sucede con algunos personajes, o con el propio narrador en off -que aparece muy ocasionalmente-, que repiten su discurso o lo enuncian como si fuera para tontos, pero ello ayuda a sentir la proximidad de la locura y del juego pueril derivado de la angustia; hace plantearse a uno si están jugando con él, si su pensamiento se adelanta a lo que transmite la película o si por contra no es capaz de ver lo obvio. En definitiva, plantearse su propia cordura.
En la sala había unas veinte personas, varios de ellos rioplatenses, intuyo que amigos del director. Por pura coincidencia, terminé viendo la película en un cine mínimo, sin compañía y con un trozo de pizza en la mano que resultó de masa gordísima y queso fundido con cebolla, como las pizzas más sabrosas de Kunst, las mejores de Buenos Aires. Tal como ocrría allí. Ya poco importaba que la película discurriera en un polígono industrial de... Badalona.
El pasado día 30 de septiembre, varias asociaciones para el acceso a la vivienda digna convocaron en Barcelona la enésima marcha de protesta contra la especulación y las políticas falsamente sociales. Bajo el contundente lema "No tendrás una casa en la puta vida" se pretendía hacer un poco de ruido para recordar a tanto caradura que no está bien hacer lo que quiera con nosotros sin atreverse a mirar a los ojos. Sin embargo, el número de asistentes hizo ver a los organizadores que no son tan pocos como pensaban. Una de dos, o la sociedad barcelonesa ha sufrido un arrebato de solidaridad, o la necesidad acucia a más gente. La verdad, ambas valen, pues sólo legitiman más aún la organización de la actividad.
Del otro lado estábamos nosotros, los que nunca habíamos acudido a una 'en materia de vivienda'. Y ni que decir tiene que la ilusión, esperanza y sensación de ser personas con que terminamos las tres primeras horas de marcha eran algo inusitado. Uno era capaz de respirar profundo incluso el aire de Barcelona. Recordando la afirmación de que "en pelotas, todos somos iguales", esa convocatoria hacía tábula rasa por unas horas en la vida privada de cada uno, y así, okupas viejos, okupas jóvenes, muchos jóvenes de clase media, familias incluso con ancianos, sindicalistas e incluso un tipo cuarentón con traje y maletín, afectado o solidario, todos reconocían en la pegatina de su pecho que a menos que la cosa cambie mucho no tendrán "una casa en la puta vida". Una reivindicación bien organizada, numerosa, divertida -sin olvidar por qué estábamos allí-, y tan pacífica como poco oportunista se revelaba como ejercicio sano contra la desesperación y el frustrante sentimiento de no ser "nadie" para muchos. Y es que con un humor, ritmo -batucada incluída-, paciencia e interés por construir a granitos el futuro, uno escucha mejor a sociólogos, abogados o historiadores contar el por qué de la actual situación. Básicamente, la vivienda tiene lábel de derecho mínimo, pero leyes de libre comercio. Igual que para construir una autopista de bien común hay ciertas restricciones a la propiedad de los terrenos afectados, o igual que en época de hambruna es ilegal hacer acopio de alimentos si eso acaba con el vecino... no, no. La vivienda no es igual. Con la vivienda, quien paga, o incluso soborna, tiene el derecho a pisar a todos. O eso es lo que los partidos se empeñan en contarnos. A pesar del Artículo 47, y eso es lo más hipócrita de todo. Búscalo en Google si aún no te lo sabes.
Uno va comprobando según crece y se carga de responsabilidades que irremisiblemente empieza a luchar contra las tentaciones ultracapitalistas que pueden echar por tierra toda su ideología juvenil y hacerle incluso avergonzarse de aquella nostalgia que sentía por no haber vivido en el 68. Hay un peligro, en el mejor de los casos un miedo muy reconocido, el de volverse un burgués absoluto sin apreciarlo. El principal síntoma es la apatía, que será siempre mil veces más contagiosa que el Sida, respecto al medioambiente y los problemas sociales del mundo. Uno puede tener diferentes grados de vinculación con los movimientos reivindicativos, pero muchas veces el problema está en la actitud. Es problema grave la falta de conciencia, que no es sino el resultado de una mala educación al respecto. Otro lema de campaña: "la educación lo es todo". Sí, y aqui también. Muchas veces, el pasota tiene los huevos de un tamaño tan grotesco que le dan para asumir su egoísmo sin ningún tipo de rubor. Muchas otras veces, el pasota lo es por desconocimiento; pero entonces, lo que realmente desconce es que es un pasota. He ahí que, una vez más, el primer paso es reconocer el error. Será bueno recordar que "el saber nos hace libres", no sea que alguno, por aquello tan de moda de apuntarse a eso de la libertad, quiera empezar a enterarse de las cosas. Personalmente no soy ninguna clase de iluso en cuanto a los males de la tierra. No las veo todas conmigo. Pero la pasividad (eufemismo de egoísmo asumido) me mata. Me hace mucha gracia la gente que tiene su vida planificada desde la juventud, porque normalmente ninguno se guarda un tiempito para hacer nada por los demás. Porque aunque a muchos les chirrían argumentos religiosos como que un dios nos dio esta vida maravillosa, es de idiotas, de brutos culturales, no saber ver que el trabajo de nuestros antepasados nos ha regalado las condiciones en que vivimos (o sinvivimos, porque hay quien no sabe vivir, que es la forma mínima de gratitud). Pero cuanto más tiempo podamos preservar un vida sin (demasiadas) radiaciones, sin cáncer de piel debido al sol, sin llevar mascarilla por la calle, sin medio planeta hacinado y agonizando de hambre y sed mejor será para nosotros, nuestros hijos y, si les llega, también los suyos. Al fin y al cabo, el Sol también se acabará, pero todos queremos que dure mucho. El único propósito del texto es que pienses en quién eres. Después, sal a la calle y haz lo que creas. Ójala la libertad no sepa a poco.
Era un tarde pesada de domingo de julio, no hacía un calor extremo pero el termómetro no bajaba de los 30 grados y la humedad era alta en la estación. El poco viento que corría había difuminado las nubes, que empezaban a tomar color al soslayar el sol. Emergimos por la flamante escalera en el andén número dos y nos alejamos de los viajeros y la marquesina, hasta sentarnos junto a una vieja farola, en la parte del andén que había escapado a la modernidad. Me siento cómodo en los andenes diáfanos, de decolorados baldosines de conglomerado a menudo resquebrajados, donde en lugar de bancos y pasajeros hay unas pocas farolas flacas alineadas, un punto kilométrico y, a lo sumo, una vieja aguada como homenaje póstumo al mundo del hollín y el blanco y negro.
Por el otro lado de la estación enfiló la vía el tren regional, y nuestra diferente posición nos permitió acceder a un par de sitios sentados en el primer vagón. El tren arrancó. Saqué el libro de relatos que mama me había metido en la mochila, de un de mis ensayistas preferidos. Y me puse a leer. Ya no me acordaba de la última vez en que me dispuse a leer a bordo, sin empalmar de madrugada, apto para sentir el placer de las pequeñas historias, tan adecuadas para la otra pequeña historia que me depararía una hora de trayecto en regional. Pero una de las propiedades irresistibles de un viaje en tren es la de atravesar realidades como un machete rasga una tela. Las aldeas, masías desperdigadas entre arboledas, campos de trigo y estaciones típicamente mediterráneas hacían difícil la constancia en el papel. Y puertas adentro, no era fácil abstraerse. Enfrentado a mí, un hombrecillo de edad mediana con una discapacidad tan obvia como irreconocible para mí, alternaba su tiempo entre recolocar su chaqueta vaquera en el asiento aledaño y aspirar fuertemente por la nariz, tal vez a consecuencia de la refrigeración. Pese a su edad adulta, las piernas le colgaban del asiento mientras se mantenía erguido, una sonrisa contenida pero permanente y unos ojos de niño observador tras unas simpáticas gafillas. Apenas había analizado al resto del habitáculo cuando llegó el interventor. Primero saludó a un amigo inesperado, un brasileño que viajaba en la ventana al otro lado del pasillo, y después, de buen humor, pidió los billetes a mi hermano, que viajaba enfrente. "Ese y yo", dijo mi hermano, señalándome. "-¿Seguro?". "-Seguro". "-Bueno, los ojos son iguales...". Y se giró hacia el hombrecillo de las piernas colgando.
"¿Te acuerdas de mí?", preguntó el picador. La única respuesta fue una mirada entre divertida y avergonzada, como si no llegara a comprender;
"Tú te has subido en U... ¿Qué tal te va el ordenador?", continuó. El chico sonrió, sorprendido: "bien...";
"¿Te acuerdas de mí?", repitió el funcionario. Y entonces el niño grande esbozó una leve sonrisa, en principio, no muy estética pero inocente, y de pronto verdadera y absolutamente desnuda... con una libertad que más quisiéramos los otros. "Un poco...".
El interventor le recordó en voz alta una escena años atrás, cuando él mismo viajaba con sus padres a Barcelona y sólo se preocupaba por su ordenador estropeado. Debía de haber mantenido el picador una cordial charla con la madre, luego con ambos. Con una memoria de elefante y un poco de querer hacer bien su trabajo, estaba haciendo sentirse al hombrecillo el más importante de todo el tren. Éste respondía orgulloso ante las nuevas preguntas, con un tremendo saber estar. Ahora le contaba que volvía a Barcelona, donde trabaja y donde le espera su hermana. Todo con la naturalidad de quien ha conseguido algo épico, lo sabe y mantiene la compostura conservando cierta timidez, pero al mismo tiempo feliz de enfrentarse a una nueva semana, con su chaquetita y su carrito de pertenencias, como quien acude sonriente, tanto como el primer día, al trabajo de su vida.
El tren se detiene por tercera vez en quince minutos. Numerosos viajeros rezagados atraviesan las vías para no perder el tren, justo después de cruzarnos con otro. El interventor los calma desde dentro, sin regañarlos, y se dispone a hacerles billetes instantáneos según van subiendo uno a uno. Yo me preguntaba el porqué de su tremenda paciencia. Una familiar de viajero cruzó igualmente, y levantando y agitando el brazo se acercó hasta la puerta, al extremo de pulsar el botón de apertura. Sin embargo, fue tan leve que no llegó a abrirla, y mientras ella seguía con sus aspavientos y sonriente, al ritmo creciente del tren, el interventor ya estaba colgándose con fuerza de la palanca de parada de emergencia. Advertido de que todo iba bien por otros viajeros, él se limitó a un lacónico "vaya" y, sin una sola mueca de fastidio, simplemente cejó en el empeño. Pareciera que le hubiera tocado la lotería.
Una pareja se había incorporado al tren, y había sentado a una niña de año escaso frente al hombrecillo de patas cortas. Yo me había movido a su lado, para ir en el sentido de la marcha, con lo cual estaba frente a la niña, y pude ver cómo ésta, impávida, no apartaba los ojos de la peculiar 'cara de la felicidad'. "Cómo son los niños, qué rápidamente observan lo que les es diferente", pensaba yo. Estoy seguro de que el observado, lejos de sentirse sentenciado por lo implacable de la "verdad infantil", le sonreía, como a él la propia vida. El brasileño charlaba con un nuevo pasajero, un maquinista que descansaba, mientras el padre de la criatura, gordo y con el pelo teñido y a lo Benni Hill, se sentaba al otro lado para estirarse y "no molestar a los chicos", en alusión al poco espacio que con él tendríamos. En el módulo anterior, el último antes de la cabina, un grupo de unos cuarenta años discutía plácidamente acerca de la resistencia de un puente de Eiffel a los bombardeos de la guerra, con un gesto que casi parecía querer convidar a la tertulia al resto de pasajeros. Y al otro lado mi hermano, que, cariacontecido como yo, se limitaba a observar.
Poco a poco, el tren discurría hacia Barcelona entre las cálidas páginas del "Nautilus", el ocaso ocre del paisaje externo y lo humano del interno, que, con un aire acondicionado en su punto, no tenía ni un grado de más.
Qué hay, gente.
Han surgido un par de contratiempos perniciosos para el blog. Ninguno afecta a mi estado ánimo de manera especialmente negativa, pero son para tener en cuenta respecto a la cadencia con la que pretendo compartir relatos. El primero, el trabajo. La consecuencia que aquí atañe es la falta de tiempo y energía, después de pasarme las horas de luz escurriendo la mollera a cambio de mis primeros salarios serios. Auguro unos meses de felicidad laboral, al menos hasta que me canse, como ocurrecon frecuencia en el mundo de la publicidad. No he trabajado nunca con mucha rutina y tengo que saber afrontarlo. De momento llevo la ilusión por bandera: aparte de este puesto inesperado de junior y de unas golosas y probables prácticas de las cuales me tuve que desmarcar para aceptar el trabajo, recibí una llamada de la única agencia que caté en Madrid para una segunda entrevista con "muy buenos informes". El caso es que aún no he firmado nada, pero me siento muy inclinado a quedarme en donde estoy, en la más "humilde" de las tres, pero en la ciudad que ahora me apetece y en el piso que ahora considero mi casa. Creo que un ambiente poco propicio no tardaría en desesperarme. Como bien me ha dicho mucha gente, lo importante era "entrar en la rueda". Resulte o no resulte un publicista válido, puedo decir que ya he entrado, y a falta de comenzar a cerrar campañas la autoestima crece como acciones en la bolsa.
El segundo asunto es el cambio de percepción que ya anunciaba hace unas semanas. Vuelvo a necesitar privacidad. Soy tan dado a contar las cosas que incluso esto lo afirmo sin tapujos, pero es así, necesito un mínimo, como no podía ser de otra forma. Últimamente he escrito de "puertas adentro", tanto sobre mis experiencias como sobre las de otra gente. La verdad es que el problema de la privacidad no radica en mí mismo, no es una cuestión de vergüenza o pudor, sino de saber estar y de medir hasta qué punto las cosas son de uno o no. Hace unos meses escuché que la forma de desarrollar el pensamiento es la misma entre los locos y la gente creativa. La diferencia es que los locos no saben poner límites. Así que si paso el corte, de momento y mientras pueda, déjenme no hacer locuras.
No he tenido un accidente. No estoy de viaje, lo estuve, pero ya volví. No me han cortado por impagos la conexión de Internet (sólo la del teléfono fijo, y mi móvil está inoperante). No me he metido nada letal ni he mandado a la mierda el blog.
Simplemente, estoy perdiendo facultades. Ahora, me dedico a textos para los directores creativos, del tipo de:
“Se ofrece COPY junior con poca experiencia laboral”.Firmado: Otro mas. Ya sé que así no vamos a ningún sitio, pero a partir de ahora todo lo que lea será para bien. En realidad, se ofrece redactor joven sobrado de ganas para crear textos inteligentes, correctos y diferentes. No creo tener demasiado morro, ni prometer el oro y el moro. En principio, porque me considero recatado, honesto y muy correcto, pero en época de vacas flacas (o cuando uno sale al mercado), la creatividad y la timidez siguen caminos muy opuestos. Acabo de terminar mi formación, si es que alguna vez realmente se termina. Universidad, escuela… usted me entenderá. Redacto diariamente por pura afición desde hace casi 7 años, y cuando las cosas se hacen por afición, poco más se puede pedir. ¿Experiencia? En agencias, un verano en una local de mi ciudad y dos meses en JWT Argentina, para ver si se me pegaba algo. Me entretiene tratar de comunicar a partir de situaciones donde aparentemente no hay nada, y sinceramente creo que lo consigo. Me nutro de viajes (en total, dos años en el extranjero), libros y del interior de las personas. Soy un maniático del uso correcto de la lengua, lo cual ahora aprecio bastante. También estudié fotografía e incluso pinto. Mi habitación se hace chica a costa de tacos de cuadernos escritos, de álbumes de fotos y utensilios de revelado, y el próximo mural tendré que pintarlo en el techo. Pero no crea que por eso cojeo en publicidad, tengo muy claro lo que quiero. Así las cosas, busco una oportunidad para que todo lo que fluye de mi cabeza revierta en otras personas. No es fácil explicar lo que siento, es una sensación incómoda de desperdicio. Yo estoy muy satisfecho de lo que hago, pero es una necesidad vital ser útil a las personas. Tengo ganas de servir. Firmado: Frescopy.
Dios mío. Qué sinvivir. Menos mal que me río de mí mismo, porque estoy hasta la polla de decir lo mismo. Necesito venderme, pero estoy harto de contar lo qué sé hacer, lo que no sé hacer. Quiero actuar, no decir sandeces con tono autosuficiente cuando en realidad estoy rogando por un poco de atención. Lo leo y me doy asquete. Si hasta parece que estoy seguro de lo que pienso… cuánta mierda.
Pero hay otro punto clave, y es que estoy conociendo a gente últimamente. Me estoy rodeando de historias bonitas, y a menudo estoy inmerso en ellas. Como el lunes pasado. Fue en un tren, volviendo de Madrid. Fue volver atrás, a la casi adolescencia, a la Argentina, a algo que no había vivido exactamente pero que reconocía en mi cabeza como cuando las tortugas salen del huevo y corren a nadar al mar. Todos los recuerdos de una vida pasada juntos engendrando una nueva experiencia presente. Ocho horas de tertulia para una noche en vela. Tac-tac, tac-tac… y fue en un tren.
El caso es que el blog no es exactamente mi diario personal y, como decía Verónica en el Retiro, no se puede contar todo. Pero estoy tentado. Sufro una especie de exhibicionismo inmaterial que reverbera en una mayor creatividad, y si me recato es principalmente por evitar reabrir heridas. No quiero provocar tristezas innecesarias por historias innecesarias. Este fin de semana he sido un verdadero capullo, y tengo suerte de que hay quien me quiere más de lo que merezco. Ya está bien.
La vida vuelve a tener pulso después de la aparente monotonía de las últimas semanas. Llevo seis días de emociones fuertes, lo que parece incompatible con escribir tranquila y concienzudamente.
-El jueves, comencé a pintar un mural de, por ahora, 5x3 metros en una tienda de bicis junto a la Rambla. Es un skyline de BCN que me tiene ocupado por 8 horas al día, y está quedando "que ni pintado". Es como pintar la habitación, pero a la vez da réditos. Semiabandonadas las fotos y ralentizado el diario/blog, resurge el Pablo multidisciplinar... Gran terapia para el desarrollo personal. Ese mismo día, concierto de Ken Zazpi en la Euskal Etxea de Barcelona con amigos de Mondra y kalimotxo del bueno.
-El viernes, tras pintar, 'Telecogresca': con concierto de Reincidentes a las 2h. y fiesta open-air hasta las 7,30h.
-El sábado, comida-despedida de Íñigo de Mondra. Después, agónica victoria de Resto del Mundo CF tras 15 partidos de despropósitos y confianza cero. Remontando un 0-2 y ganando a falta de 5 minutos. El mismo sábado, dscenso inextremis del Alavés en el minuto 91, algo sólo posible para equipos alaveses (5-4 de Dortmund, final UEFA 2001 con autogol en la prórroga; derrota del Tau en el último minuto con +7 en la final de la ACB'05...). Ejemplar terapia a prueba de disgustos de mantenimiento del tipo, con lo que no pueden ni Special K, ni el agua Font Vella ni un Red Bull...
-El domingo, tranquilito y pegado a la tele y al transistor. Eso que no fui a Montmeló. Alonso, Nadal, Pedrosa, Tau.
-El lunes, una entrevista verdaderamente gratificante, con el book aderezado exitosamente con una selección de escritos impresos de mi viejo diario, que me tiene con el alma en vilo a falta de confirmación, pero parecen muy factibles unas prácticas en B.O...
-Hoy, martes, la culminación de la torre Agbar, la estrella del mural, que tiene contento a todos lo propietarios, y un divertidísimo encuentro por la calle durante un paréntesis para descansar. Y en casa, grabación de lo más cachondo de unas cuñas para adjuntar también al book.
-Mañana... o pedo contínuo celebrando al Barça o...
Lo próximo será literatura. Lo prometo.

Nadie dijo que fuera fácil. Sólo que yo lo imaginé. No tenía ni idea de cuánto tiempo tendría que invertir, sólo sabía que las ganas las tenía intactas y que me iba a divertir el hecho de buscarme un hueco. Pensé que tal vez volver a buscar agencia se asemejara al cortejo cuando uno intenta ganarse a la chica de sus sueños con una paciencia de la que ni él mismo se creía capaz. Otro juego bonito.
A las 23.30h., tengo las ojeras hasta los pies. Me he mirado al espejo y ciertamente algo estaba diferente, ya no acostumbro a dormir tan poco. Apenas había descansado un par de horas o tres, el director de una agencia me había citado bien temprano para echar un ojo a mi book, según lo acordado ya antes de vacaciones. Pero sólo hay tiempo para estrecharle la mano: le ha surgido un montón de trabajo esta misma mañana y me ha citado para la tarde. (Metro paquí, metro pallá, esta es la rumba de Barcelona...) Tras una nada reparadora siesta de las que merman aún si cabe los sentidos, a media tarde volvía a meter la cabeza por allí. Esta vez no me pillaba de improviso, lo he adivinado pronto. Sus mil perdones eran verdaderos, pero no había nada más que hacer. No es culpa de nadie, pero son tanto gajes del oficio como gafes del desocupado. Después del 1 de mayo volveré a llamarlo, así hemos quedado.
Ni siquera con la mala gana me había recuperado de la fatal siesta. Aprovechando la cercanía, me he acercado a ver a una amiga con quien no coincido últimamente. Había que descargar tensión y me venía bien un hombro en el que apoyarme, al menos para abstraerme un rato. Por suerte ha quedado un buen recuerdo después de aquellos affaires y por más suerte no ha sido la clase de reencuentro melancólico en que ambos terminamos juntos de nuevo, porque la resaca iba a ser mayor aún, ya me conozco.
Así pues, tocaba pateada hasta casa, donde me esperaba una sorpresa anunciada. Porque no deja de ser sorpresa. Z., con sus casi dos escuchimizados metros y su voz grave y tranquila, salía de una habitación tras pasar todo el día durmiendo. El novio montenegrino de mi compañera eslovena, acababa de llegar desde Ljubljana tras cinco días de penoso autostop con caminatas de hasta día y noche seguidos. Es difícil que te levanten en Europa si tienes rastas y un perro contigo. Es difícil creer la historia pero bien da para una película.
M. ha pasado unos días de infarto, entre las imprecisas noticias que de él le llegaban para no preocuparla demasiado y la soledad de la Barcelona vacía y lluviosa de Semana Santa.
Ya más despierto, y agradeciendo el sol de la terraza, Z. comienza su crónica, sin ningún tipo de orden ni contenido muy lógicos. Recorrió de Marsella a Montpellier por el arcén de la autopista (lo que no me sorprende, la otra vez se fue a la salida norte de Barcelona y llegó hasta Girona). ¿Y no había policía por el camino? Obvio. Pero como Z. no entiende un carajo, no había quién lo parara. Una noche, incluso, los Carabinieri 'le dieron cobijo', pero luego siguió. Las otras noches pasaron en gasolineras cruelmente inertes, o llenas de camioneros desconfiados o "gustosos de viajar solos". Aparte de cansado, Z. no parece alicaído, y mientras fregaba los platos, seguía con su historia: "Cerca de Módena, tres Ferraris F50 pasaron en carrera, estaban locos". "Qué bonito, ¡fssssssiummm!", añade, siguiendo la vista con la mano. También andando comenzó su periplo, en Ljubljana, y hasta Trieste, desde donde lo llevaron a Venecia. Entre apunte y apunte, Z. traía saludos para todos de la última eslovena que visitó nuestro piso, una gran chica. Sólo he proferido una carcajada, pero llena de admiración: por email, los recuerdos se mandan más rápido, pero por el arcén llegan más adentro.
Claro -pensaba yo- sin duda parecen más dignos tras un viaje tan duro. "-Qué va, sólo lo parece, ha sido muy interesante".
Quien no se consuela es porque no quiere. Toda una lección. Mañana, más y mejor.
Artículo no literario. O poco, o como se puede.
Hace hora y media que hemos vuelto de Valencia. El viernes fue el llamado ’Día C’ del Club de Creativos y salió todo que ni pintado. Ha sido un fin de semana muy especial y provechoso, y aquí va una merecida crónica, creo que vale la pena para recordar.
Salimos el jueves a eso de las 20,30h desde Sants. Renfe había dispuesto un Euromed, la mitad reservado para los asistentes al Día C. Fuimos Mati y yo, junto a otros siete alumnos de Complot, más los dos 'profesores', por diferenciarlos de alguna forma. El precio era de 30 euros por asistir a todo el día -este dato es importante- y, lo que nos parecía muy bien, el tren de ida y vuelta estaba incluído. Los prolegómenos ya prometían bastante, nos recibieron antes de embarcar con una bolsa del evento con camiseta, dvd y revista, en la que constaba la frase "no podrás decir que no has pillado nada", toda una declaración de intenciones. Aquello parecía una excursión del cole, pero con algún pelo más en la barba. Antes había hablado con Mati por teléfono y yo le preguntaba si habría que llevar traje, la única respuesta fueron carcajadas. Quería saberlo porque ya me la veía, todos con traje y yo en bermudas, o a una mala me quedaba fuera en la fiesta por ir con zapatillas, cosa que me trae harto.
Pero se me olvidaba que el C de C no son las siglas del Club de Cuentas, sino que la C es de creativos. El Día C consistía mayoritariamente en una tanda de conferencias de 10 a 21h a cargo de muchos peces gordos. Aparte, la entrega de premios del C de C y de los finalistas del Cannes Young Creatives. Pero ni con mis mejores cálculos: la gente era de lo más variopinta, y no había uno con traje que no fuera presidente de agencia consagrado sesentón. Coño, que son creativos.
Era previsible que serían unos días de encuentros repentinos. Para empezar con las casualidades, el organizador era vitoriano, aspirante a copy, novio de una amiga mía que también iba en el tren y para colmo él vive justo encima de la tienda de mi aita. No fue un dato banal, en absoluto: al poco embarcamos. Renfe nos obsequió con los primeros zumos, que pasaron a cavas y después a kubatas, con lo que el Tren de los Peces Gordos y los Pichones Aprendices (TPGPA en adelante) iba entrando en calor. Empezó a correr el rumor, a eso de las 21h., de que pronto vendría la cena. Vaya bulo, pensamos... hasta que aparecieron las azafatas, bandejas en mano: "el atún, ¿con cerveza, Rioja o Penedés?". Bueno... A todo esto, dos cámaras de una productora contratada por el C de C iban tomando constancia del estado de las cosas, con lo que armaron una buena para hacer un travelling a lo largo de los pasillos para filmar, copas en mano, algo así como "la ola".
Hasta que, camino del baño, me encuentro a mis amigos organizadores en el vagón de Preferente. Claro que esto esto tiene muchas particularidades, y en cinco minutos estábamos con los vodkas extras que corresponden a dicho vagón, charlando animosamente y mi flamante nuevo book en mano de un director creativo que, lejos de dárselo yo, me lo pidió por favor. Entre whiskeys y demás, me dijo que pasara por su agencia, que él ve a todos los aspirantes, me felicitó por unas gráficas, y me dio la tarjeta (!).
Llegada, cena, hotel, descanso, bla bla. El viernes Día C transcurrió entre interesantes charlas presentadas por Joaquín Reyes -a mí me dijeron quién era-, cientos de anuncios y más encuentros fortuitos. Encontré por separado a Íñigo, el chico de Sh. de 2005com con quien había compartido kalimotxos en Bcn hace unas semanas, y también a una chica que iba conmigo a inglés en la facultad. Yo andaba buscando a JdlÁngels, mi ex profesor y asesor en la carrera, quien presuponía que estaba y ahora creo que no.
Llegaron los premios (obviamente, nanay de la China para nuestra gráfica del Young Creatives) y después la fiesta. El lugar, el Hemisferic, el "ojo" de la Ciudad de la Artes y las CC, entre fuentes-piscina y bajo la cúpula transparente modulada. Yo ya estaba cien por cien seguro de que alguien aparecería reclamando la segunda parte del pago de la entrada, porque aquellos 30 euros debian de estar más rotos que los precios de Ikea.
El "iris" del ojo estaba rodeado de camareros que pululaban ofreciendo variedad de canapés, pinchos y fresas con nata, así como por mesas con cientos de copas, donde la gente se agolpaba para proveerse de lo que cayera. Teníamos los bolsillos repletos de vales de consumiciones con los cuales, ya terminada la noche, pudimos incluso hacer papiroflexia, pues fueron increíblemente innecesarios... por excesivos. Era como si alguien hubiera agarrado la troqueladora y hubiera falsificado millones de ellos. Tal y como estaban las cosas, era relativamente fácil acercarse a algunos de los creativos conocidos, ya que el alcohol desmitifica que da gusto, no sólo es un factor socializador sino casi comunista... porque todos parecemos "casi" iguales.
Pero el otro pronóstico sí se cumplió. Siguiendo algunas pistas, buscamos y encontramos a... ¡Amaia U.! En unos días, creo que estará por el foro apuntándose a la rerelicenciatura (sí rotundo) y contando su versión de la noche, si es que se acuerda de algo
)). Bromeo.
Nos pusimos al día mutuamente los tres, al son de "Un pingüino en mi ascensor" con su megahit ochentero "Atrapados en el ascensor", aunque otro centro de la cuestión estaba en primera fila, donde Toni Segarra bailaba concienciada y devotamente. Los venerados pingüinos, para echar más leña al fuego, se despidieron con la canción "En la variedad está la diversión", un declarado canto al amor libre para, como dijeron, ponerlo en práctica esa misma noche.
A partir de ahí, cualquier síntoma de organización quedó suprimido y la fiesta se condujo por sí sola, salvo por la nueva banda, que inesperadamente emulaba a The Who o a Janis Joplin. El porcentaje de estudiantes, aspirantes o juniors era alto, por lo que también era muy fácil comunicarse con el "pueblo llano", había un buen rollo increíble, como si todos nos comprendiéramos mutuamente. Mientras, los estómagos coleccionaban cócteles y bebidas... "este lo tengo, este no lo tengo", así hasta tachar todas las bebidas disponibles pues al final de la noche, y sólo al final, todo se iba agotando.
El after fue una disco llamada Le Club, lo que fue una especie de criba para comprobar qué directores creativos se mostraban más jóvenes de espíritu, intentando medirse para no aburrirlos y al tiempo aprovechar las facilidades con un poquito de educación y el máximo control que la situación permitiera.
A eso de las 8, de los que quedaban, cada uno se retiró a su lugar, después de establecer relaciones profesionales, algunas personales y también alguna que otra vomitona, anécdotas que al día siguiente iban saliendo a flote (ésta no fui yo).
Matías se volvió en el tren el sábado por el Barça-Madrid y yo opté por el tren del domingo, aunque más que por prolongar la fiesta fue por culturizar un poco la visita junto otros compañeros y los profesores, y así pasamos el día entero en la parte antigua ocupándolo entre paseos, helados y bocatas.
La resaca del domingo no es alcohólica, sino emocional: termina el fin de semana y la sensación de vacío tras tanto alboroto y la de abismo tras finalizar el curso de Complot son un mal cóctel. Hacía tiempo que no sentía algo parecido, será que la experiencia del C de CC "me ha llagao". No es como publicar una gráfica, pero he incordiado en el buen sentido y he sido parte del evento, lo he disfrutado y espero que otros lo hayan disfrutado conmigo. Quizás ha sido la ocasión de identificarme definitivamente con esta profesión, mi sí irrevocable. Creo que la mejor forma de cerrar este gran fin de semana, tras la vuelta en tren, es reconocer las bandadas que me está dando la cabeza, que se me cae de sueño y de nostalgia repentina. Así pues, fue un placer. Y ahora en lugar de firmar...
a vuestra salud, me voy al sobre.
Mmm, tengo visita hasta el miércoles incluído, por fin llegó "Dana". Me dedico 24h. a ella, por lo que no tengo más de 5 minutos seguidos para escribir unas disculpas.
Me estoy pateando todo Barcelona, tuve la buena idea y la paciencia de guardarme varias visitas culturales para cuando alguien llegara, y ahora es como si verdaderamente fuera yo quien está de viaje. Ayer encontramos un par de rincones magníficos en el Raval, un solar muy publicitario entre grúas y trapos colgando y una calle con arcada bajo la que pasaban hombres con turbantes y chilaba. Recuerdo igualmente la trasera de la Boquería forrada de stencil y una vieja encorvada que merodea inofensivamente ante el sólo eco de sus pisadas. Después, cerca del puerto, un apátrida piamontés llamaba nuestra atención con su pequeño acordeón, que sonaba tanto a folklore de su tierra como a un sorprendente arin-arin. No puedo ofrecerle un techo, con ganas me quedé, pero sí una fiesta el viernes próximo.
Al caer la noche, ya en el Gótico, en un callejón desierto escuchamos un tenue son de violín y bandoneón. Lo seguimos de calle en calle como quien tira de una cuerda ansioso hasta dar con la trasera de una oscura taberna donde un trío porteño daba un impagable recital ante una audiancia de, pongamos, doce personas, desperdigadas por mesas entre algunas copas de tinto. Libramos una mesa en una esquina, un tesoro vacío. Discépolo, Troilo, Gardel, o el Polaco Goyeneche, las citas más comunes subían al grado de preciadas rarezas escuchándolas nueve meses después. Yo no lo sabía, pero "Dana" baila tango. Y me lo dice de súbito, bajo un farol, en una perdida esquina del Gótico bajo la "potola" efigie de un querubín de piedra. Si algo ser más gratificante tras aquel momento era comprobar que la invitada lo estaba pasando aún mejor que yo, algo que cuando uno está inmerso en un mundo de escasos minutos parece totalmente anacrónico e insuperable. Por suerte, la vida no entiende de egoísmos y ofrece innumerables 2x1. Dana llegó a sugerir incluso la posibilidad de pasarse aquí una temporada.
Hacía mucho que no tomaba la determinación de enfrentarme a un página en blanco con la mente igualmente en blanco. Vamos, que no tengo ni idea de qué quiero escribir, lo único seguro es que quiero escribir, y seguramente llegaré a lo mismo. Muchas veces tengo las ganas necesarias pra empezar a analizar en profundidad las situaciones más cotidianas, rutinarias e insulsas, las que leo y me parecen maravillas pero que soy incapaz de reproducir. Sucede lo mismo con los anuncios que, tras verlos, nos merecen un gesto de aprobación, pues han dado con la forma graciosa para ridiculizar un acto de lo más fortuito y banal, de esos tan comunes que los tenemos automatizados y llevamos a cabo sin siquiera pensarlo.
En mi situacion actual, quiero verme desde fuera. Aquí estoy, Barcelona. Intento forjarme un futuro provechoso, donde me sienta útil, y que al mismo tiempo me haga feliz, con pequeños ratos de asueto para disfrutar de mis hobbies y empaparme de conocimientos, el verdadero hobby. Voy caminando casi a ciegas, intentando abrirme paso hacia algún claro machete en mano y suplicando para ir en la dirección correcta. Estoy pasando una especia de vaguada sobre un puente en las alturas. Sin duda, la experiencia porteña dejó el listón muy, pero que muy alto. Allí, el día a día era un verdadero libro abierto, uno aprendía por la calle siempre más de lo esperado por el mero hecho de salir por la puerta. Dudo que pudiera habituarme al punto de querer vivir allí, ya no sólo por la gente que dejaría aquí, sino por la propia rutina estresante y el modo de vivir tan al día que allí se lleva. Pero sin duda que la sensación de lleno que me quedaría sería mayor que tras un banquete de boda. La vida es definitivamente intensa en Buenos Aires. Y no porque aquí no pueda serlo, sino porque allí es la propia ciudad quien te engulle y te hace vivir a su ritmo si no quieres ser atropellado. Parece que en aquella lejana orilla todo tiene una razón de ser, no una utilidad pragmática sino deliberadamente intelectual. Todo expresa. Todo tiene un origen y un porqué, aunque carezca de un para qué. Puede que el para qué se haya respondido a sí mismo al mismo tiempo que las acciones tenían lugar.
Intento ir más allá: por qué tengo esta sensación. En primer lugar, porque todo aquello era algo ajeno a mi rutina. Pero llegó un momento en que me adapté, y ahí creo que entra en juego el origen caleidoscópico de las diferentes políticas, costumbres, gustos y necesidades... razas y, nuevamente, orígenes. Las formas de hacer que llegaron de Europa quedaron ancladas como reflejo de su tiempo, mientras otras, en disciplinas más vivas, continuaban un camino primeramente paralelo que bulló y definitivamente encontró su propia brújula, con su norte que es nuetro sur y su sur que es... nuestro oeste. Y ahí precisamente radicaba su riqueza para alguien que sólo se lo imaginaba, ansiando el día en que conociera aquel gigante país con su gigante capital. Y acerté. Porque esa fórmula es infalible si lo que se quiere es comparar, es "lo mismo, pero diferente", es como comparar ciruelas rojas con ciruelas verdes, mucho más fácil que manzanas rojas con plátanos verdes. Por eso elegí el país más mediterráneo de entre los no mediterráneos, precisamente el más lejano de todos, que al mismo tiempo tenía lo suyo de eslavo, de anglosajón, de oriental y, aún más, de judío.
Y claro. Barcelona es lo que más se puede asemejar a todo aquel cóctel. Pero a su manera. En cierta forma, me siento casi en casa. No del todo, porque hay un pequeño micromundo que al tiempo me permite evadirme, pero me falta esa rutina intelectual de quien se sabe fuera de lugar y necesita saber por qué lo que le rodea es como es. Extraño aquellas "batallas" de los ejércitos de Roca y Rauch, las gestas de Arbolito, de tehuelches y pehuenches, ese orgullo verdadero que hay en las gentes originarias -y en las que forjaron el nuevo país sin aniquilar lo que encontraron- que dista años luz de la exquisitez y unicidad que que nos creemos poseedores por estos lares. Estoy harto de discursos nacionalistas maniqueos de uno y otro bando, que en el fondo no son sino caprichos y modas, porque una bandera hay que enarbolar en estos tiempos que no sea la del equipo de fútbol. Ya no hay guerras entre vecinos, no hay señor a quien servir ni feudo por defender, así que uno necesita de ídolos, banderas y marcas. Qué estupido. No sé tú, pero yo sí. Porque, sean como sean ellos, allí sí pervive en cierta forma una lucha por las raíces que va más allá de ello mismo, es una lucha por la vida digna y auténtica contra el enemigo de punta en blanco, que no se rasga jamás las vestiduras y que se cosifica en el fraude, la corrupción y el ninguneo de lo autóctono. Y es que al final, la huída hacia adelante parece la forma de salvarse el culo. La puta que lo parió, moramos en una pena pasajera. Aquí vivimos agilipollados, en plena dualidad de la que es casi imposible salirse. Y como somos mediocres, no aprovechamos ese casi.
Qué hacer. Un consejo. Piensa y, al menos, sé consciente de tu inconsciencia.
(Siento volver a lo de siempre, soy el más afectado. Pero pensando y repensando se pulen las ideas. Y leyéndolas, se comparten.)
Por fin encuentro un momento para escribir. Bueno, quizás no es que lo haya encontrado, tampoco lo he buscado, simplemente estaba enviando un mail necesario y he visto más cerca que nunca el icono de Word. Vuelvo a retomarlo. Me he dado cuenta de que delante del blog no me salen las palabras, es como si estuviera pendiente de lo que vayan a leer los demás. Me gusta el ponerme una cadencia, la que marca el ritmo de visitas, para así no dejar de escribir, pero no debería olvidar que en última instancia escribo para mí. O para tener al día a la gente, cuidar mis amistades, guardar un poco del contacto perdido, a veces océano de por medio, pero fundamentalmente es algo como una cristalización de lo que pienso y siento, un yo mostrable, no una imagen confeccionada para el momento, no una improvisación constante.
¡Hoy me han llamado superficial! Es una minucia, pero me está trayendo de cabeza. Y todo un shock para cualquiera cuya autoestima esté medianamente equilibrada, y la mía lo está. Pero vamos, todo es concerse a uno mismo, que no es tan fácil. Ha sido charlando en casa de una vecina. Hablábamos sobre relaciones, le he contado un incidente muy pasado, en que yo mismo ni me reconozco. “¿Qué superficial, ¿no?” No lo podía creer. Sí, la verdad, fue una cagada de la que siempre me he arrepentido, por no saber estar. Es una de esas anécdotas que siempre mortifican a uno. Pero, aún y todo, vaya descaro. Y es una buena amiga, quizás sea por eso… Bueno, tampoco hagamos camino a ciegas, pongamos buena vecina, que apenas sabemos algo el uno del otro. Quiero pensar que lo decía en cuanto a flirteos, sí, ese era el contexto, quiero pensarlo. En ese caso, el del género femenino, y pese a las dudas y ralladuras de que suelo ser víctima y verdugo al mismo tiempo, yo también algunas veces me cuestionaba mi superficialidad: o las juzgo guapas o las juzgo interesantes, pero siempre por separado, como las muñecas y las pilas (no cosifico, sólo es un símil). Con estas últimas, lo intento, pero sexualmente no me copan. Y las primeras… superficial no sé si soy. Idealista, sí, sigo siendo como un niño de quince. Busco la gran diva. No el pibón rubio, sino mi gran diva. Pero sigo buscando demasiado lejos, el "dos en uno". Pruebo, seguro, pero me canso, porque no encuentro lo que quiero. Me lo decía otra amiga, soy un utópico de la ostia. Me enamoro de las que se marchan en el vagón del metro, pero nunca de las que tengo cerca. A este paso no sé cuándo alcanzaré algo estable.
Volviendo: si me lo ha llamado con todas la letras, ajo y agua. (Uuuh, como duele... me acuerdo cuando se lo soltamos a Antxon.) Pero tampoco es el fin. Porque una chica que pasa la tarde en el sofá tragando mierda –y por la noche, cuando la visito, traga más mierda, y cuando se le avería la tele admite que no puede vivir, y que, por si acaso, rehuye la cartelera de la filmoteca así, a la torera- no debería martirizarme. Por lo demás, me ha hecho un psicoanálisis de cinco minutos –superficialidad aparte- acerca de mi inseguridad y otras verdades periféricas (lalaralará…). Eufemísticamente, la suelo apodar “volatilidad”, prima-hermana del “despiste” y antónimo de ’pies de plomo’. Pero de sobra conocida. Así pues, nada nuevo. La sorpresa ha sido mía también cuando la conversación ha tomado tintes más hondos, siempre sorprende cundo alguien a quien sólo conoces por cierto trato se abre. Y, la verdad, con semejantes precedentes televisivos no le atribuía demasiadas inquietudes.
Lo bueno de todo esto es que hace replantearse las cosas, y tomar conciencia de cualquiera sea la posición de uno respecto a su alrededor. Lo que sí sé es que soy feliz y lo que más me sorprende es que jamás me aburro. La vida es un juego inteligente y, sea como sea, sí puedo estar satisfecho de que cultivo la cabeza. Al menos, la riego con otra agua, y porque yo quiero, no porque lo ’echan en la 3’. Me cago en la Santa Tele.
El viaje pirenaico y sus secuelas; la cámara de 16mm. de Adrián; la conferencia inesperada sobre Diane Arbus; lo bueno que dejó mi abuelo; la confianza en el book que crece clase tras clase; las charlas de cine con mi madre; la visita de Baigorri; la próxima de Franci; la pared de mi habitación; las vecinas; la sobremesa en la terraza en manga corta; la capacidad de ver todo en positivo, que quién lo hubiera dicho.
Hi dear,
I almost cry now. It was so sweet hearing your voice through the phone, even in order to listen the worse news I could hear. Anyway, those seconds were a vivid experience after such a long time of emails and no letters either callings by no one, no messages either photos, and the best thing is that now, instead of having just two days more till Thursday we have the whole 4 days and 4 nights in march. We’ve never been lovers or so but this relationship is one of the most romantic things I mantain in my life. Could be distance, could be the few times we see each other, could be imaging the other. Even without seeing you, those days I shared some special things with you, emotions, frustrations and so on that permitted me to have you almost as present as if you were here.
I just hope you become healthy and share my way of thinking about the many things still to come in some weeks.
The day with my friend was great, like it should be getting Sophie from school in a snowy day.
Big kisses and thanks for booking so early again. You did it great.
Yours too,
Me.

Buah. Estoy agotado. Iba camino del baño, y de pronto me he puesto a hablar con Adrián apoyado en la puerta del pasillo. Tiene un filón enorme con su proyecto y la repercusión que ha tenido allí en su tierra. Lléndonos ya muy lejos, podría ser que se convirtiera en algo verdaderamente configurador de la imagen de lo indígena en el exterior. Sería como el gran pegamento. Y el momento no puede ser más propicio, con los ’chullos’ -gorros andinos- por todas partes y Evo en todas las conversaciones. Aparte, un euro son muchos pesos, con lo que eso supone.
Al cabo del rato, buen rato, nos hemos puesto existencialistas y hemos acabado hojeando un libro sobre la teoría cuántica: somos como piedras, pero tenemos experiencias. Al pasar por la filosofía oriental, se me han descargado los chakras ’físicos’, pero se me han alterado los emocionales. Ya tengo los litros de pintura y mañana renuevo la habitación. Lo mismo me da por hacer un (¡aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaar!)... Pollock. Me voy eufórico a la cama.
Kaixo jende. Lo prometido es deuda. Mi habitación va tomando forma, ésta sí, porque espero quedarme un rato largo por aquí. Además, la casa está como para hacer lo que nos plazca, se presta mucho.

Así que mis 15m2 van a ser una guerra entre lo clásico y lo callejero/vanguardista, abanderados por el maestro del realismo holandés (1670), J.v Ruysdael y por el stencil "semáforos DDR" (Alemania comunista).
Para ’Wallace’, con amor. Gentes, admito ideas de iconos para nuevos stencil (siluetas para spray)
Z. 

A los buenos días,
esta semana estoy haciendo un "redecora tu vida". Vuelve a aparecer la gente exiliada, y aprovecho la situación para imprimir en los días un poco del aire fresco que ellos traen en su vuelta. Al cambio de habitación y el lavado de cara de la casa entera le acompañan nuevas experiencias antialetargamiento. Espontaneidad, pero sin pausa. Menos internet como consecuencia plausible, en beneficio de una mayor sociabilidad con l@s vecin@s del otro ático o del sexto. Una simple visita escaleras abajo en zapatillas termina con un desmadramiento con pocos precedentes, un paseo nocturno supone la casa reamueblada o una visita a la casa de Ophir en el Gótico se convierte en una cena pakistaní y una jazz session.
La guinda será el próximo ciclo de cine del Este, unos cuantos stencil por la casa y un hipotético ski weekend-cultural en la "judioneta", que ya estamos organizando. La mente vuela más fácilmente ahora, y mientras tanto, el curso de Complot aporta la rutina necesaria y conciliadora que asienta las cabezas.
Espero que a vosotros también os vaya bonito.
Bueno, hoy me dejo de melancolías y de kusturicadas, aunque en el blog de Los Afros he colgado algo de lo más cotidiano:
Hola almejas bípedas,
escribo el ’reporte nocturno’ de hoy para desfagocitarme un poco de químicos. Se puede decir que he estado doce horas metido en la cocina cual chiste machista para el Guiness, y es que la hemos desmontado de arriba abajo para darle un soplo de aire fresco... y de KH7, porque estaba que vamos, al quedarme pegado en el aceite del extractor le he hecho la prueba del carbono 14 y ha salido una fecha de 10 años, con un margen de error de +-2. Encima he ido al cine y por esperar al majo de Ran, mi nuevo compi, me han chapado in the face, así que a limpiar Manuel, menos mal que estaba al lado de casa. Y encima excursión al Mercadona para comprar más barato (los cojones, no sé cómo pero ha salido lo de siempre) y de vuelta hemos encontrado un colchón y hale, pa’l carro, por medio de la carretera parecíamos Popeye y Don Simón, los reyes de la ciudad. De postre, volviendo del "cine" he encontrado una tele y tras cargarla hasta casa, funcionaba menos que las esquinas de Luxemburgo. Para mí que era sólo lo de fuera, como la rodilla de Soji Jo. Nuestro gozo en un pozo. Pero con un poco de humor y música todo se lleva bien, y en plena madrugada nos hemos pegado la cena padre con el chef Ran, para festejar la maratoniana limpieza, una dorada al horno al son suave de Massive Attack. Casi me duermo en el plato del gusto.
A este tipo de enumeración no le daba mucha bola. Es frecuente en un blog que visito a menudo, y a veces me parecía como de anuncio de compresas. Pero hoy me ha salido sin darme cuenta, es un buen sintetizador, tipo JM Jarre. Así que lo asumo como válido.
Reírme en el puf de la escuela con los nuevos compañeros;
las miradas perdidas en el metro hasta que se cierra la puerta;
escuchar la versión israelí del asunto y revivir un fuego cruzado;
imaginarme en un bosque haciendo ’orienteering’;
desempolvar Madredeus o las buenas (las buenas) de Apocalyptica;
redecora tu vida (la nueva habitación);
leer un ’comment’ de un amigo perezoso;
planear la escapada del viernes;
la Filmoteca;
saltar de París a Buenos Aires (cruzate ya, Horacio viejo);
encontrar una punta de anuncio para el book;
Barcelona, el ’great youth hostel’.

Madrugada del jueves, Barcelona, ático silencioso. Ha sido un día sin tregua y aún no he preparado la maleta. Séptima noche de cenas, hoy cena de sobras para economizar; un día de despedidas, algunas muy sentidas, gente que no volverá, no vendrán de vuelta ni en el saco de los Reyes. Se sucedían abrazos y silencios con un denominador común: nadie quiere irse a casa. O sí, digamos que sí, pero todos alargaríamos algún día más el tiempo en Barcelona, ansiamos el reencuentro oriundo pero sería mejor si ese otro mundo viniera aquí. Tanto es así que Annalisa ha perdido el avión, y aún no es claro que vaya a llegar a Nápoles, un arrebato le da a cualquiera.
Ya de vuelta en el ático los minutos se estiran para alcanzar las 7, hora del próximo Talgo que sale hacia casa. He encontrado el rincón atemporal, el instante ubicuo en que se siente y comprenden las cosas. Pasan las horas, flojean las fuerzas. Empeño las últimas neuronas para lo que quiera salir del teclado, entre postales para mandar nostalgia al otro lado del charco, tango en la casetera y montones de ropa usada y cacharros sobre y bajo la cama. Es extraño, pero son las 6a.m. y hoy sí tengo sueño. Debe de ser la melancolía del ambiente que me abre la cama y me retira las sábanas con sutileza, qué sensual ella, así seguro que pierdo el tren.
Será mejor que me apure. Voy a abrir la maleta y llenarla de tristessa para llevar, meteré tres meses en el espacio de quince días para llevarlos mejor. Cuando la abra, espero esté reconvertida, seguramente mirar por la ventanilla al ritmo del tac-tac me abre el apetito del destino, de los abrazos de bienvenida, la comida casera y los viejos momentos que volverán a reciclarse.
"¿Cómo va, Escuela?
Desde la orilla de otro mar lejano, pero de la misma agua,
les envío un pequeño recuerdo para, espero,
levantar otra pequeña sonrisa por estas fechas tan calurosas (no meteorológicamente, por aquí)
y decirles de nuevo que ¡obvio que sí! les extraño a todos ustedes
entre libros con olor a mate,
químicos con gusto a papel
y fotos con aroma a yerba... semimate.
Abrazo,
Pablo"

Sonríe. Cierra los ojos y baila como si estuvieras solo, no importa hasta cuándo.
Nada más lejos de la soledad, Razz estaba abarrotado. Blondy le pone al reggae una atemporalidad y ambiente absolutamente sideral. :))))))
Made in Ivory Coast. Alpha Blondy, l'enfant radiant.
Jerusalem, je t'aime... Sobrecogedor.
No es el mundo al revés. Como en muchas otras ciudades, en el metro de Barcelona hay gente tocando. Gente singular frente a la que gente colectiva pasa. Gente de a uno, gente, en muchos lugares, y en singular. Individuos que permanecen quietos tras su instrumento quitando el frío de las orejas a presurosos ciudadanos, infinitamente helados de piel adentro. Algunos son morochos y bajitos, bajo un gorro de lana de trenzas de colores, y con su son de flauta de pan dan calor pese a la altura a la que se escribieron sus notas.
Era un ritmo andino, lastimoso, pero se parecía mucho al que Adrián, mi compañero jujeño, me había descubierto. No soy experto en flautas, mas no sonaba ni peruana, ni ecuatoriana. Sonaba como Ricardo Vilca. Definitivamente me detengo cuando leo el nombre en el cd expuesto en la gorra, entre algunas monedillas. "Los omaguaqueños". Olía demasiado a quebrada, a cerros y cardones. Olía al gentilicio de un famoso valle del norte de Argentina: -"¿Salteño o jujeño?".
En la cara dibujó reflejamente un gesto que de ser más verdadero hubiera sido imposible. "-Jujeño". De Tilcara. No me nombraba su pueblo de puro inútil que le parecía... De allí mismo, nacidito junto al pukará. El pucará de Tilcara, con c o con k, es la antigua fortaleza inca que domina toda la parte media de la interminable Quebrada de Humahuaca, escenario de tres cuartos de la historia del Norte. Él se vino hace ya unos años. Allí ya se había hecho un nombre, tocó con Los Fronterizos y con Mercedes Sosa. (¡Con la Negra Sosa!...).
Le conté mi parte de la historia, y de la de Adrián. Vivo con un paisano, que en dos semanas tomará un avión e interminables autobuses para visitar la casa de sus padres, cinco kilómetros al norte de Tilcara, en el corazón de la Quebrada, en el pueblo que le da su nombre. Adrián toca el charango y fue quien me enseñó a Vilca. Le hablé de Iturbe, de Abra Pampa, de los pueblitos donde yo mismo estaba hace poco más de medio año y cuyos nombres aún mantengo frescos de tanto que extraño. Yo estuve frente a la casa de ambos sin sospechar con quiénes me podría cruzar, primero en un piso, después en el metro, aquí, tan lejos. Ciertamente, mi sorpresa no es tanta comparada a la que suelo observar en la cara de enfrente. Digamos que me las huelo. Que las busco. Pero nadie me dirá que no las disfruto. Tilcara tiene, según Google, 2919 habitantes. El resultado fue una invitación, un intercambio de teléfonos para juntarnos esta semana, a comer algo, tal vez a tocar. Seguro que a Adrián le encanta la idea.
Me pregunté qué hacía la gente a mi alrededor. Recorrían en oleadas el largo pasillo, según la cadencia del metro. Unos subían, otros bajaban. Alguno miraba de reojo la escena. Ya no había música en el corredor, la marabuenta caminaba al son único de sus zapatos. El músico había parado de cantar y se dedicaba enteramente a mí, un tipo rubio con un gorrito como el suyo. Ahora pareciera que alguien, alguna hormiga de ese desfile de zombies se extrañara de que el músico tuviera vida propia, y es que sólo hablaba y sonreía, ¡no estaba tocando! Tuve el honor de asistir al encuentro de Rosendo con dos señoritas brasileñas, a quien inmediatamente me presentó como "un amigo". "Toca muy bien", fue lo primero que me confesaron ellas tras dos enormes sonrisas.
Hacía ya media hora que había entrado en la parada de Verdaguer y aún seguía allí. Decidí despedirme todo lo cortesmente que ellos se merecían. Parece que la humanidad de Barcelona la pongan los de fuera. Ya me ocurrió en Holanda. Y bueno, deduzco que no es necesario ser de fuera, sólamente salirse voluntariamente.

Cruzrojeando entre el empedrado y los viejos colmados de Mataró, bajo la fría y húmeda luz de las farolas y al son de tacones lejanos.
Mañana, lo mismo, en Girona. La semana que viene puede que la pasemos entera allí.
Foo en Corbera de Llobregat, en el espejo de la casa Chillida.

Por fin, chic@s. Nos estrenamos. A la cuarta fue la vencida. Esta tarde ganamos 5-1 al ex-equipo de Claudio el chileno. Marqué el cuarto :) .Podéis ver alguna foto en www.restodelmundo.tk.
Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/