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23/06/2005
El Gran Capitán (y IX)
Llegados a Gobernador Virasoro, salgo a toda prisa para alcanzar la locomotora sin apuros. Consigo hacerme oír por el nuevo maquinista, pero, en lugar de tirarme el ansiado trapo, me hace rodear la máquina y buscar por mí mismo. También está oscuro en el interior de la cabina, y no hay ni rastro donde debería haber estado. A decir verdad, lo busco porque sería lo más cabal. En mitad de este viaje, es lo que menos me importa. Me apeo, cruzo de nuevo la vía y corro hacia mi vagón, pero el responsable autoriza la salida cuando yo aún corro en sentido contrario. Los portones corredizos del segundo furgón generador viajan abiertos de par en par. Sin dudarlo, lo contrario sería jugármela más, me encaramo a la plataforma.
Allí saludo al operario de turno, inconfundible ataviado con su forro azul, muy joven para lo que me hubiera esperado. No soy un viajero convencional, pero no parece alterarse demasiado. Surgir de un salto de la oscuridad armado con una cámara y hablando español castizo no parece muy peligroso ni tiene visos de ser muy fraudulento. Afortunadamente, porque ello es el boleto de acceso a muchas situaciones, aunque tampoco estoy muy convencido de haber sido despedido en caso contrario. El tipo estaba recostado de espaldas al sentido de la marcha, en un asiento doble desencajado de alguno de los vagones de pasajero, arrimado contra un tabique y junto al borde de la puerta corrida de par en par. Me encuentro en un habitáculo que abarca el tercio central del vagón, todo repintado de azul claro tapando las abolladuras; detrás del empleado, en la penumbra del módulo anterior, se encuentran unas precarias literas, según adivino, pues una sombra de tamaño humano se reboza como si buscara un sueño imposible. Del otro lado, contra un lateral, una mesada con varias piezas metálicas, sucia de polvo y de virutas metálicas y contra la pared las cáscaras de cuatro huevos; del otro lado, un pequeño mueble rebosante de más y más piezas y algún bidón con aceites y combustibles. Una puerta comunica con el habitáculo posterior, que es el generador en sí. El empleado escucha música en un castigado equipo portátil enchufado a un ladrón que serpentea por el vagón. Su gesto no denota que estuviera viviendo su gran día. Así, charlar es fácil. Me siento en un taburete frente a él, asido del marco del portón abierto, cuidando de no apoyarme en falso ante un inesperado bote de aquel balancín. La enésima charla del día no resulta menos interesante, pues ahora tengo el punto de vista de un porteño joven que al menos no despotrica de su trabajo. Lo toma con resignación, pero parece estar bastante enterado del recorrido y de la mecánica de su oficio, al menos no es tan desidioso como el grueso de los funcionarios.
Las ramas de los arbustos aledaños se asoman fugazmente desde la negrura. El resplandor del horizonte se pierde definitivamente y sólo asomándose en busca de los faros de la locomotora uno percibe que entramos en la etapa final: la exhuberante vegetación subtropical de la colorada tierra misionera.
Poco antes de llegar a la última estación indicada retorno al vagón de primera. Nos detenemos en Garupa, una localidad que respira actividad industrial notoria. La playa de vías es la más extensa desde Zárate, hay cantidad de vagones con contenedores alineados e incluso varios cobertizos iluminados donde esperan otras locomotoras similares. Un empleado, desde el andén, me comunica que estamos a media hora hasta Posadas.
Será por las ganas de llegar, recién me habían aparecido unos kilómetros atrás, que el ritmo me parece decrecer. Más todavía cuando en el horizonte se observa una sucesión de luces titilantes subrayadas por lo que parece ser un reflejo acuoso. Sin duda, debe de tratarse de Encarnación, mi destino final, la ciudad paraguaya al otro lado del Paraná. A la velocidad actual, ahora son multitud las ramas que se introducen a latigazos por las ventanas. La vía debe de estar totalmente camuflada, parece que avanzáramos pacientemente por la selva machete en mano. Al cabo de diez minutos, atravesamos lo que indefectiblemente es la carretera de acceso al puente internacional, y tras una curva suave, estacionamos en paralelo al "club de ferroaficionados de Posadas", con sede en un antiguo vagón de madera, y a dos vaporeras enfrentadas en pose heroica, un buen presagio. Me despido de Jorge, que mañana seguirá en colectivo hasta Cataratas. Gracias y buen viaje, tal vez volvamos a coincidir. Me apetece estar solo.
Veintinueve horas y media han transcurrido desde la lejana estación de Lacroze, en el barrio de Chacarita. No sólo el tren, yo también estoy cansado. Turista, primera, Pullman, camarote, furgón y locomotora. Y unos cuantos andenes... Las condiciones en destino son al menos diez grados más, noche clara y agradable, flora abundante y un bagaje irreprochable a bordo de un precario tren que guarda mil secretos para quien quiera desvelarlos. La paz del andén me lleva a través de un amplio vestíbulo bajo un letrero que enuncia la ciudad con preciosas letras forjadas. Decido dejar para mañana el paso de la frontera. Rechazo el ofrecimiento del único taxista a la vista y me alojo frente a la estación, en el básico hotel "El entrerriano". Una cama con el jergón partido, un pequeño retrete privado con ducha que riega sobre la taza y una ventana que, cuando amanezca, dará a la estación desde su primer y último piso y, con un poco de suerte, tal vez al grandioso Paraná.
Se diría que todo ha concluido ya. En cierta forma, sí, esto queda ya cerrado: ha sido por sí solo un viaje sin igual, sinceramente, no necesita de ningún complemento. Sé que no lo parece, pero esto enaltece aún más lo vivido y por ello es lo más motivador: ¡¡mañana es el gran día!!
(c) PZP.
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Espero les haya gustado. Acepto cualquier crítica (a sangre mejor, como le gusta a Montxo).
El gran día está aún por redactarse. Efectivamente lo fue, pero esa es otra hitoria.
22/06/2005
El Gran Capitán (VIII)
Las primeras azoteas de altos rascacielos y alguna que otra aguja de iglesia emergen entre la selva en el momento en que, por primera vez, el río se deja ver a nuestra derecha. La lejana ciudad carioca, siempre al otro lado del Uruguay rompe, aunque con cierta uniformidad de estilo y color en sus colosos, con la estética de todo lo contemplado hasta el momento. Atravesamos una zona de pantanal que el trazado elude con varios viaductos kilométricos de color rojo desteñido, que ofrecen una bella estampa reflejados con el tren en la vegetación por el dorado sol vespertino.
A medida que el sol cae, el ecosistema va dando un cambio casi definitivo. La planicie inhóspita e implacable vuelve a los lados de la vía. Pero esta vez es de pasto verdosísimo y de enormes lagunas conectadas entre sí resultantes de la anegación, alisando una llanura casi perfecta. Sólo viejas alambradas cercanas a la vía se levantan sobre el agua casi en quietud total. Abandonado nuevamente mi asiento, ahora me había hecho mi lugar en el vestíbulo del vagón precedente, sentado en las escaleras, donde ambas puertas abiertas permiten un doble disfrute. El latido de las ruedas es aquí mucho más vivo, pero el pausado ritmo de la marcha y el hecho de casi tocar con las piernas las hierbas de la cuneta hacen del rincón el lugar ideal para vivir el ocaso tan especial como aquel del sol correntino. En pocos instantes, Jorge hacía lo mismo en la otra puerta, que daba al este, y una familia de descendientes de vascos -la nieta se llamaba Alazne- aprovechaba el espacio de mi lado. También sentados, padre y madre, jóvenes como muchos padres en la Argentina, comentan la recurrente escena. Es imposible no hacerlo si uno quiere de verdad compartirla. El abuelo bromea; la mujer me despliega un recorte de un suplemento del diario que narraba la experiencia del Gran Capitán, con infografías y detalles puntuales sobre el trayecto. Mientras yo leo, como para ver si alguien sintió lo mismo, el resto permanece anonadado mirando al horizonte. De pronto aparece el director del tren, que se asoma para advertirnos de la presencia de yacarés, pequeños caimanes, en ciertos puntos que él ya conocía. "Una vez, se nos cruzó en la vía uno de más de dos metros". (Zas...). El pisaje parece algo tan atractivo para él como para todos los noveles.
No ví yacarés, sí el hombre de mi lado. Yo ya los conocía, así que me los imaginé, aunque solo viera engañosos palos que emergían de cuando en cuando. Pasaban los minutos, pero allí a nadie le importaba lo más mínimo si estos volaban o si parecían estancados. Mucho menos, mancharse el culo en el suelo de un vagón de tren. El intenso naranja de las dos esferas embebía más que adormece a uno el implacable sol del mediodía.
Cuando el naranja desaparece dejando paso al blanquecino y a los tonos grises, me percato de que no tengo conmigo el chaleco que llevaba. Debo de haberlo dejado en algún lugar, pero con las vueltas que he dado podría estar en cualquier vagón, o en cualquier estación. Es la búsqueda lo que me hace entrar en el vagón de la clase turista. Antes me había asomado, pero no con demasiada curiosidad. Craso error. Al abrir la puerta decido directamente atravesarlo para no interrumpir la escena en que me encuentro. Desde allá, detrás de todos, observo: un anciano, sentado en un apoyabrazos y volcado sobre el pasillo, toca con su acordeón al son de varias decenas de palmas. Campesinos solitarios, familias con chiquillería e incluso un grupo de neohippies, de esos que tanto me extrañaba no haber visto aún, no sólo agradecían sino que eran parte de la banda improvisada. Ya menos coartado por mi irrupción, me adelanto unos cuantos asientos y me uno a los aplausos. Ahora que lo pienso, en medio de semejante jolgorio, ¡qué aburrida debe de sentirse la gente en clase preferente!
El espectáculo dura sólo unos minutos más, hasta que el bandoneón no da más de sí. Necesitará una reparación. El viejo se disculpa bajo una lluvia de aplausos.
Salgo del vagón. Estamos llegando a Santo Tomé, el pueblito de origen de Clari, una amiga de Buenos Aires. Ella me ha dicho que es feísimo, como suele opinar la gente del campo cuando se muda a la capital. Es casi de noche. Sólo se ven casas de chapa entre árboles y alguna edificación más consistente. La estación inglesa y el cartelón de piedra. Me dispongo a sacar una foto en la penumbra del panorama, para lo cual debo agacharme, fijarla en el suelo, pues es necesario un tiempo prolongado de exposición. Junto a mí, hay un banco de piedra con travesaños. Atado a él, una vaca pasta a unos metros de mí. Es todo tan tranquilo que apenas me preocupo por dar la espalda al animal, con lo que impone una masa cornuda que se distingue casi a tientas.
Estamos nuevamente en un límite provincial. Cuando salgamos del pueblo, entraremos en Misiones, por lo que la tripulación de la locomotora se cambia nuevamente. Me despido de Ramón y Raúl, les agradezco y les deseo suerte.
De nuevo, el tren prosigue. Mientras vuelvo a mi lugar (ya no sé cuál debería serlo) me cruzo con el director, a quien he puesto al corriente de mi pérdida, sólo por si alguien lo encuentra. "¿Miraste en la máquina?. Puedes preguntar en Virasoro, la siguiente estación." No lo había pensado. Sólo me queda por probar allí.
20/06/2005
El Gran Capitán (VII)
(...continúa del capítulo VI, anterior)
La vegetación de ribera se ha hecho más presente, al punto de formar tupidos bosques, si bien comienzan a unas decenas de metros de la vía, siguiendo la costumbre nacional de liberar una generosa superficie a cada lado de los trayectos ferroviarios. En un momento, frondosidad parece retraerse para volver a una llanura despejada. Es el punto en que la ruta 14, que discurre también hacia el norte en esa tierra de frontera, cruza el trazado férreo. Es fácil adivinarlo porque un enorme y moderno trailer de cabina blanca se aproxima por el lado izquierdo, ofreciendo la sensación de que no fuera a ser capaz de detenerse a tiempo. El tren prosigue hacia la encrucijada, pero el camión apenas regula su rodar, hasta que ya es descartado el efecto de la vista y la situación no deja lugar a dudas: el conductor, acompañado tras la gran luna de señora e hija, está haciendo todo lo posible, pero parece que el peso de su carga lo estuviera condenando. En instantes, el trailer se encuentra detenido tras serios problemas de agarre. La locomotora lo rebasa a escaso metro y medio sosteniendo un tenso bramido que a buen seguro retumbará con eco en las cabezas de chófer, madre e hija durante largo tiempo.
La indignación de Raúl se hace patente en un gesto por la ventanilla que en esa situación deja de ser argentino para responder a una lógica universal. Había allí abajo un auténtico tarado...
El incidente venía a cuento. Es ese momento discutíamos acerca de las sorpresas que con frecuencia aparecían en la vía. Vacas, caballos, animales que ante el bocinazo que propelía la locomotora solían salir despavoridos, como había observado anteriormente. Pero a veces, los bichos se veían perdidos y ponían en práctica una huída hacia delante en el sentido más literal, por lo que eran engullidos. Como un pequeño caniche que surgió y corría, más lastimoso y ridículo que nunca, al superar los primeros tejados de Paso de los Libres. Ni siquiera se escuchó nada. O una alfombra blanca, resto de alguna oveja que se había dejado la piel en lugar equivocado. De todas formas, nada que ver con los impactos que me son narrados con ganado pesado, con consecuencias como sangre y excrementos repartidos por todo el testero -y los vidrios, doy fe- de la máquina, un pequeño salto en algunas ocasiones o, en otras, la obligación de descender y proceder a retirar los restos de los malogrados animales, algunos de ellos aún con vida. En caso de eventual descarrilamiento, algo que suele producirse mayoritariamente por la pérdida de paridad de los rieles, "el vagón en cuestión hace pum... tac-tac-tac-tac". (Debido a la baja velocidad, muy rara vez descarrilan). Después, se calza de nuevo y continúa el viaje.
El pueblo es un punto importante de la provincia de Corrientes, ya que no hay demasiadas aldeas -y menos aún, con tren operativo- por esas tierras. Aparte de ello es un lugar de paso sobre el aún inédito río Uruguay, e inaugura una nueva frontera dejando atrás la orilla charrúa por la brasileña, conectando con la vecina ciudad de Uruguaiana.
Paso de los Libres es lugar de parada prolongada por obligación, ya que posee instalaciones mayores e incluso material de recambio en caso de necesidad, como era el caso. Mientras se desempeñan las maniobras en cabeza, aprovecho para echar una ojeada a lo largo del concurrido andén. Pasajeros que han descendido y se estiran en tierra firme, familias que reciben o despiden miembros y decenas de vendedores al grito de "empanadas, un peso" o de "gaseosas, uno y medio", por resumir la copiosa oferta. Numerosos perros callejeros vagabundean entre los bogies de los vagones del tren y de los estacionados en las vías colindantes. El edificio de la estación, esta tan inglesa como casi todas, está prolijamente pintado con los nuevos colores de ALL, que son el rojo y el blanco en sustitución progresiva del amarillo y el negro. Sin embargo, el interior se halla vetado por una cinta y un par de vigilantes. El clima de actividad que se respira en presencia del único tren es algo muy gratificante. Debía de ser muy parecido a lo que imaginaba que ocurriría cuando el tren llegara a la estación de Atocha, el difícil poblado boliviano donde hicimos un alto de aquel inenarrable viaje en cuatro por cuatro. Allí, como en Paso de los Libres, el ferrocarril era algo casi trascendental para la vida de la gente.
Cuando aparece Jorge le narro escuetamente la experiencia. Le ofrezco probarla por sí mismo, posibilidad de la que me he asegurado con anterioridad, pero para mi mayor tranquilidad él no estaba interesado. Así, además, me ahorro un poco de saliva. El tren va a partir de nuevo. Decido volver al vagón de primera clase para disfrutar tranquilamente.
El Gran Capitán (VI)
(...continúa del capítulo V, tres artículos más abajo)
El habitáculo es un espacio reducido dividido por un módulo metálico que pareciera ser una gran caja de cambios. Yo había accedido, tras cruzar la vía ante el imponente paragolpes de la trompa corta, por la escala férrea adosada al lateral izquierdo de la locomotora y agachándome para ingresar por la portezuela que daba al frente. En el lado derecho estaba Ramón, sentado al mando de la máquina. Al izquierdo se sentaba Raúl, que ahora hacía de auxiliar. Los dos son empleados de ALL (América Latina Logística, la interncacional carguera que ostenta la concesión de toda la línea) y han sido subcontratados provisionalmente por TEA como solución a un conflicto interno de personal. Detrás de sí, Raúl despliega una ele de noventa grados sobre la que planta una pequeña tabla de silla dura, cuyo equilibrio aseguraría yo mismo con mi peso. Ese es mi lugar. En la parte frontal de la cabina se disponen dos cristales horizontales enrejados y a los lados dos verticales que son partes de sendas puertas, estos con un pequeño cuadro desprovisto de la malla para una visión más nítida. Otros dos en cada lateral y nuevas puertas tras de mí, que daban paso a las pasarelas exteriores laterales de la trompa larga. Entre las puertas traseras había una serie de cubiertas en metal gris donde advertía del peligro de 625 voltios, junto a unas indicaciones para el correcto manejo. Sobre el cajón central hay una serie de cables y cuerdas, una de ellas activando la bocina, y una pantalla por la que el maquinista recibe los datos de la marcha. Del lado derecho, Ramón me ilustra el funcionamiento de las grandes palancas que posibilitan la aceleración, marcha adelante y trasera. No hay volante de velocidad, a diferencia de lo que ocurre en Europa al menos con el común de los automotores, dato que parece extrañar al propio conductor. Tal vez se ha pasado toda una vida entre mastodónticas diesel americanas.
Emitido el silbato de rigor, el tren recobra pesaroso la marcha, saludando al salir a otra locomotora que espera reanudar hacia el sur al frente de una caravana de contenedores. Lo primero que veo ante mí es una larga recta con los rieles no demasiado enderezados. Las traviesas -durmientes, en Argentina- son de madera y quedan medio camufladas entre yuyos rebeldes. A ambos flancos de la vía crecen juncos y otra flora húmeda, hasta que llega un momento en que invaden parte de una trocha casi camuflada. Dejamos a mano izquierda el desvío curvo que sale hacia Concepción y proseguimos a pocos kilómetros de un río Uruguay por el momento más latente que presente.
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La sensación que mejor puede describir cómo eran esos primeros minutos sería la de un coche de juguete dirigido desde atrás por un dedo y a través de una delgada línea pintada. Afortunadamente, a cada golpe seco de riel y la consiguiente desviación en la orientación del habitáculo, los sufridos amortiguadores respondían como un tentempié, con un balanceo opuesto que devolvía el casco a una oscilación progresivamente menos pronunciada, como si alguien estuviera constantemente reencarrilándonos. "Tranquilo, ¿tenés miedo? No va a salirse: es bravo, pero no se sale". Sus curtidos rostros comunicaban cientos y cientos de trayectos como este. Pero uno no las tenía todas consigo siguiendo con la vista las juntas de las vías: el tren lo permitía ya que debido a su estado, no se le autoriza a superar los 60 km. por hora, la mitad que antaño, antes de que el infame Ménem irrumpiera para aplicar su teoría de "ramal que para, ramal que cierra". La mayoría de rieles terminaban un una ligera curva e inclinación que hacía figurarse lo peor. Con un seco pum, la superamos, estimando aliviados que los vagones no precisarían de mayor atención. Cuando el movimiento no es excesivo, me yergo y aprovecho para fotografiar a los cuatro vientos y jugármela a un diafragma abierto y una velocidad no tan baja.
Raúl manejaba los datos que la pareja recibía desde Buenos Aires a través de una pequeña computadora de a bordo. El aparato, al que respondía con un pequeño teclado táctil, les valía para mantenerse localizados y conocer el estado de la vía. Precisamente segundos después, Ramón hacía ver a su compañero que su pantalla estaba vacía, situación que desembocaría en seis ojos mirando al frente -dos sumamente concentrados y cuatro bastante acostumbrados-, pues no sólo era el panel sino que todo contacto externo era inexistente en esos momentos. Éramos un convoy a la deriva del que sólo cabía hacer suposiciones sin demasiada precisión. La solución pasaba por avanzar con un poco más de atención hacia la estación próxima, donde podrían cambiar de locomotora. La velocidad no se veía afectada, pues no podía reducirse mucho más.
Al lento -que no suave- ritmo de este valiente caballo de hierro continúa la inusual travesía, que uno valora más cuando toma conciencia de cuán lejos se encuentra, física y, diría, temporalmente, de su entorno. Tirando del largo conjunto, enfrentándose contra viento y marea al desgaste irrevocable del tiempo y a la opresión de sempiternos intereses y desintereses, uno tiene la clara sensación a bordo de que algunas cosas en la Argentina necesitan dar el doscientos por ciento de su capacidad para salir adelante. Algunas peculiaridades en el hablar de los locales necesitan de pocas explicaciones con expresiones tan arraigadas como "echarse la patria al hombro".
10/06/2005
El Gran Capitán (V)
Unas veces era el paisaje y otras los mismos pasajeros o empleados los que me hacían levantar la vista de la agradecida lectura de esas líneas apócrifas, aunque lo eran menos en este país de fierros. Con creciente cadencia la causa venía de los niños que deambulaban por el vagón concentrando todos sus esfuerzos para no caer, y que despertaban sonrisas en cada pasajero al que visitaban pero hacían levantar al padre para evitar eventuales molestias. Es así que, en una de estas ocasiones, distingo en el polo del padre más solicitado el anagrama de SEFEPA, las siglas de los Servicios Ferroviarios Patagónicos, mi admirada empresa que desarrolla el Tren Patagónico, la baza que descarte en favor de este trayecto. Inevitablemente me vienen a la cabeza diversos pensamientos, de un lado simpáticos, del otro amargos, por la experiencia desechada. Fundamentalmente decidí así porque aquello conllevaba un trayecto extra con medio día de espera en Carmen de Patagones, lo que suponía más de dos días para llegar a Bariloche, sumando un mínimo total de cinco, algo que se excedía en tiempo y precio de mis planes. Mi principal aliciente hubiera sido atravesar la Patagonia nevada en un viaje de ensueño, pero según me había informado, los precoces copos de la semana pasada no habían tenido continuación. Afortunadamente, sólo de pensar que eso hubiera supuesto perderme el vapor genuino paraguayo me ponía peor, por lo que ya sólo me quedaban sentimientos positivos hacia ese triangulito corporativo. Eso sí, se me hacía absolutamente necesario aprovechar su presencia y conversar con él. A ver, pensemos...
La primera pregunta obligada sería si él era ferroviario, por evidente que fuera, aparte por su juventud, su complexión fornida y su celular a la cintura como si estuviera alerta por si lo requirieran; la segunda, si lo era del Patagónico, aún más obvio. No es que sea algo requerido tener esa constitución, pero relacioné la fuerza con la contundencia del ferrocarril tal y como uno imagina fuerte a un camionero. Después de sendos síes me quedé momentáneamente sin preguntas, pero de súbito se me ocurrió algo, casi como por instinto, creo que llegado desde algún reducto del cerebro donde en cierto momento quedó resonando el eco de un consejo: "¿Cree usted que sería posible viajar en la locomotora?". Como si tuviera preparada la respuesta, me envió al vagón restaurante a buscar a un empleado de azul con pelo cano. Y allí me dirigí sin demora, cámara en mano a modo de excusa.
El hombre reescribía datos de una pequeña libreta a otra mayor en una de las mesas. Sobre ella descansaban un inalámbrico y aparatos de señalización. Levantó la vista, me escuchó y negó con la cabeza. Era un no de alguien que no se opone, sino que simplemente se debe a sus responsabilidades. Pero sin dejarme apenas comprender que mi repentina sugerencia se desmoronaba antes siquiera de palpitar, me pregunta si trabajo para algún medio. ¿Qué responder en esos momentos? Sentí que era más bien una pregunta de transición entre el no y la esperanza, así que respondí con franqueza negando, arguyendo que sólo era aficionado, estudiante de fotografía y que en España nunca tuve la oportunidad de viajar en una cabina. "Al cabo de dos paradas, búscame, y te presentaré a los maquinistas".
Caseros, Monte Caseros, esa era la parada. Dicho Monte, cierto que había ciudad, pero nada de relieve, era la última localidad de la provincia de Entre Ríos. Allí, los maquinistas son reemplazados por otra pareja nueva que se incorporaría para el trecho venidero. Una vez rebasado Monte Caseros el trazado transcurre por la provincia de Corrientes. Jorge, que había venido a buscarme cansado del reducido camarote, me seguía ahora anden adelante en dirección a la cabeza. Yo no sabía si él agradecería algo como lo que me iba a suceder a mí, pero de todas formas no podía hacer nada por él salvo preguntar después. El caso es que me fotografió frente a la GE en punto muerto y ya no lo volví a ver cuando Raúl me tendió la mano. "Subite".
09/06/2005
El Gran Capitán (IV)
(Continúa del artículo anterior.
El capítulo III ha sido alargado desde 'Zárate'.
También actualizado el puntaje de películas, en "Miscelánea")
La oscuridad se ha adueñado de todo el paisaje exterior, apenas se distingue la silueta del horizonte llano. Las luces del vagón conservan su forma de ventana languideciendo en la pelada flora de la cuneta, si bien el balasto de las vías es térreo y apenas están peraltadas. El viento, golpeando en la cara al asomarse a la puerta abierta del vestíbulo, es lo único en la noche que puede ofrecer regocijo. Eso, y aguardar a cerrar los ojos sin ninguna prisa yaciendo todo lo largo en una cama de a bordo.
No fue fácil sin embargo conciliar el sueño, pese a la acompasada banda sonora y el no excesivo bamboleo, y mis ansias de descansar para abrir bien los ojos al día siguiente crecían inevitablemente viendo que mis ojos seguían sin bajar el telón del día. La verdad es que me había dormido casi al instante de echarme, a eso de las once, pero al cabo de una hora Jorge, que seguía lidiando con el sueño, se levantó e involuntariamente me arrastró al insomnio.
Me resultaba irresistible incorporarme a gatas y voltearme hacia la ventana cada vez que el tren disminuía la marcha. Misteriosas estaciones inertes se dejaban ver bajo algún solitario farol a pesar de la mezcla de vaho, polvo y la estrella causada por la pedrada de turno en el vidrio. Esa tendencia a estar en vilo y la excesiva fuerza centrípeta que comenzaba a dejarse sentir en algunas curvas iban en contra de mi sosiego. Aunque por suerte es el último pensamiento que recuerdo.
La luz mañanera que inundaba el compartimento no era excesivamente fuerte, pues el día se había levantado brumoso en la pradera entrerriana. De todas formas, el resol tampoco era directo pues viajábamos hacia el norte y nuestra ventanilla miraba al oeste. Así pues, el paisaje era algo bastante armónico, nada excesivo ni violento: llanura de verdes lomadas con algunas vacas esporádicas, cuyas ondulaciones se mezclaban suavemente con las nubes bajas. Al fondo, entre la neblina, parecía comenzar un bosque que de vez en cuando mandaba una avanzadilla de tres o cuatro arbolotes de copa ancha.
Después de un rato de rústica monotonía me canso de mirar como los caballos, que sólo ven al frente, aunque en mi caso era a un lado. La comodidad del vagón restaurante, el vaso de leche con medialunas y, sobre todo, la generosidad de las ventanas, son algo mucho más apetecible aunque el exterior no varíe lo más mínimo.
Pero, además, sí varía. Estamos sentados del lado derecho, con lo que el sol comienza a animar un poco el perezoso paisaje. El gris va perdiendo presencia y todo parece filtrarse levemente en amarillo, incluso el pasto parece ahora menos fresco. Comienzan a verse pequeñas estancias delimitadas por lo que parecen chopos, y grandes plantaciones de cítricos con montoncitos ocasionales de fruta caída. También se ven zonas encharcadas, lo que necesita de algún que otro pequeño puente que de un respiro al dique que forma la vía. Una de tantas veces la máquina reduce la velocidad, pero esta vez hasta casi detenerse. Hay trabajos en la vía. Se ven operarios con casco esperando al paso del convoy. Hasta que de súbito, desde otra mesa de la que me llegaba apenas un zumbido, se me viene a un primer plano la palabra "descarrilado". Inmediatamente me pego al cristal y me afano en buscar el motivo: no lo esperaba, pero al pie mismo del terraplén yacía un pequeño vagón plataforma de los que transportan contenedores de poco tamaño. Cada vez estaba más convencido de que no me iba a resultar un viaje muy cotidiano.
Poco después efectuamos la primera parada que me permite ser consciente del paisaje y denotar el cambio del ecosistema. Una sucesión de casetas y de pequeñas construcciones sin mucha planificación se escondía entre árboles, setos y vallas, en medio de la cual nos detenemos. Mocoretá. Pongo el pie en tierra bajo la tejabana ondulada del edificio de la estación, de chapa ondulada igualmente, con el tejado a dos aguas y pintada en azul oscuro. Delante, el característico cartelón de piedra con el nombre del pueblo, tan largo como sus letras lo precisen. Un ferrocarril inglés en plena campiña. Todo bien, por el momento. Pero todo tenía cierta decadencia y había un grupo de niños desaliñados y con ropajes poco ingleses. Esto no es exclusivo de Mocoretá, sino más bien una imagen de lo más común de la Argentina. Sólo que era mi primera parada lejos de los suburbanos de Capital. Por fin unía en una sola imagen el ferrocarril -y no sus restos- con la vida del campo. Nada de bocinazos, ni de gritos, ni de piedras volando. Tomo las primeras fotos desde que partimos de Lacroze, mientras escucho el silbato que manda proseguir a la locomotora. El tren arranca como si aún estuviera adormecido, y entonces me incorporo sin ninguna prisa.
Según la hojita que marca la ruta, durante la noche hemos rebasado Gualeguaychu, la ciudad carnavalera, Basavilbaso (apellido amurriotarra), la "capital nacional del ferrocarril" y Corcordia, donde, después me explicarán, hay un gran cementerio de locomotoras. Los argentinos son muy dados a adjudicar interminables capitalidades de cualquier categoría, ya puede ser del vino, de la artesanía, del chamamé, de la arqueología, de los rallys o de la fe. También hemos superado El Palmar, singular en el mundo por estar alejado de cualquier costa marina. Pero uno no puede lamentarse por lo que no ve, sino sonreírse por lo mucho que le espera, de tanto que es.
La hojita indica también que en total hay una veintena de paradas en el recorrido, que son todos los pueblos que la vía atraviesa, debido a la vastedad de la región. Así pues, diría que viajamos una hora larga de promedio entre cada parada. Las siguientes serían bastante similares. Una aporta un paso elevado para peatones, otra una estación un poquito más rica en estilo, y otra un galpón pintoresco o algún vagón que solo el viajero nostálgico puede rescatar, aunque sea por instantes, de su olvido.
Decido volverme a mi carruaje primitivo, el de primera, donde me acomodé al comenzar el trayecto. Lo espacioso del coche común y un cómodo asiento reclinable son otro pequeño incentivo para las horas de luz durante un viaje largo. Allí seguían casi los mismos pasajeros del inicio, algunos reubicados, sobre todo las familias con niños que no pueden estar quietos. Yo también me siento en un lugar nuevo, donde hay una ventana libre para observar y, al mismo tiempo, hojear la primera de las tres revistitas artesanales que los miembros del pequeño club de aficionados me habían regalado en su mimado vagón de la estación de Retiro. "Vuelven las G-12".
07/06/2005
El Gran Capitan (III)
Continúa del artículo anterior
Como si de un tren de guerra se tratara, con el ruido sordo de las vías y un silencio expectante, nos adentrábamos en zona hostil. Mientras imaginaba el aspecto externo que debía de mostrar nuestra cabalgata para quienquiera que la mirase, me esforzaba por adoptar el ángulo ideal que me permitiera ver entre las ranuras, pero sólo se vislumbraban pequeñas luces. Poco a poco, puedo discernir que la mayoría de esas luces eran simples bombillas que colgaban de primitivas chabolas de ladrillo. Aunque, por el momento, no se ve a nedie. Tac-tac... tac-tac... tac-tac... y de pronto, un seco "clack", alguien acaba de firmar en la otra cara de nuestro vagón. Después de esto, consigo distinguir a algunos grupos de gente, de movimientos jóvenes, entre las luces débiles. No lo podía ver, pero me los imaginaba, ahora más que nunca, aposentados en su atalaya esperando o corriendo piedra en mano.
Parecía que ya no había moros en la costa. Me levanto a buscar el baño, y lo hallo detrás de una puerta metálica, sobrio, pero con mucho mejor aspecto de lo que podía haber imaginado. Al salir, dos hombres dialogan junto a la puerta abierta por donde entra un viento traicionero. Uno se bajaría en Zárate, el otro viajará hasta Posadas. Es argentino, pero catalán de nacimiento, tarraconense y con familia en Reus. Se sonríe de ver un compatriota, alguien que le pueda llevar noticias frescas sobre la vida de allí, de las que no salen en los noticieros. El tren se había detenido mientras conversábamos los tres. Como me encuentro alejado de la puerta, se me ocurre preguntar, al tiempo que me asomo a ver si atisbo algo. En mitad de la fría oscuridad se adivina un desvío, entre las hierbas, en el cual la locomotora, que se encuentra desprendida y en punto muerto, es invertida lentamente por dos hombres que, manualmente, están tornando una placa giratoria.
El chico de Zárate parece ser un iniciado en el tema y me cuenta que "simplemente la están volteando, porque venía con la trompa larga". Ahora el maquinista tendrá más visibilidad.
Reanudada la marcha, el catalán Jorge, me propone ir a cenar al vagón comedor, justo el que nos precede. En minutos pedimos un pollo con papas y una botella de tinto mendocino, al tiempo que llegamos a la estación de Zárate. Zárate es la última ciudad por el norte de la Provincia de Buenos Aires. Coincide con nuestro pueblito vecino alavés, como ocurre con otros muchos apellidos, que normalmente forman en topónimos como dudosos homenajes. Tanto por ruta como por vía férrea, allí se cruza un gran puente múltiple sobre el delta del Paraná, que es orgullo de la infraestructura nacional y que conecta con la provincia de Entre Ríos, acotada por el propio Paraná y el Uruguay hasta confluir en el Río de la Plata. La estación de Zárate ofrece los primeros movimientos de viajeros, y eso me permite dar un paseo por el largo andén para observar la planicie de la extensa playa de vías, sin embargo con escasa actividad. Bajo luces mortecinas, las paralelas se prolongan hacia el horizonte, el confín de la Pampa, por donde discurren como hormigas los autos de la Panamericana.
De nuevo en el comedor, el pollo está listo. Las papas y el vino entran solos con el frío, mientras seguimos dejando atrás más luces en el exterior. El hecho de compartir un buen plato aislados de la rudeza de la noche en un contexto tan apto para socializar, y tal vez las circunstancias de la coincidencia originaria, parecen haber decidido a Jorge a ofrecerme una de las dos camas del pequeño camarote que ha pagado. No acierto a comprender la razón última de esa compra, podía ser que no quisiera arriesgarse a una indeseada compañía y prefirió poner en práctica el dicho. Era su viaje de vacaciones y, según el sacrificio que se desprende de los retazos que me ha narrado de su vida, se moría de ganas por unos días así. Pero auguro que la soledad casi absoluta de tener espacio para dos vetado caprichosamente para un solo individuo debió de perturbarle la cabeza, más aún cuando, unos vagones atrás, otros se resignaban a compartir un estricto sofá de cuerina.
De pronto, el suelo ha comenzado a verse más distante; la carretera, ya a la par de nosotros, va perdiendo altura; y bruscamente la tierra, más abajo, se ha convertido en pardo oleaje. Del lado izquierdo, un gran silo y otras construcciones, circundadas por las menores viviendas de Zárate, quedan minimizadas bajo nuestro nivel creciente. Había comenzado la majestuosa cuesta del gran puente, que ascendíamos expectantes. "Parece que despegara...", dice Jorge. De nuevo derecha, izquierda, derecha: el tren va lento, pero uno quisiera casi detenerse para poder observar todo. Durante varios minutos, pareciera que volamos sin alas, sin divisar tierra firme bajo nosotros, salvo allá a lo lejos en una mancha casi negra. Al alcanzar la orilla, el tren tampoco desciende, sino que se mantiene, pues seguido llega otro curso, más chico, y un bosque que rebasamos en altura, hasta que por fin tomamos tierra... Mas no parece que esto haya terminado. Dos colosales columnas, siguiendo la estela de vía y carretera anuncian otro tremendo, vastísimo cauce, el Paraná Guazú. Es el verdadero "Brazo Largo". Tanto que el cableado que cruza a varios kilómetros del puente necesita de tres o cuatro grandes torretas para ser sostenido sobre las aguas. Se está formando el Río de la Plata, el cauce de agua dulce más ancho del mundo.
Y así llegamos a Entre Ríos, el sur de la Mesopotamia argentina.
Continuará
05/06/2005
El Gran Capitán (II)
continúa el artículo anterior
...Cuando me enteré de que existía un servicio de larga distancia que conectaba con una ciudad tan desapercibida como Posadas me sorprendí muy gratamente, ya que no creí siquiera que persistieran relaciones que atravesaran el límite de la provincia bonaerense después de mi experiencia en Tucumán. Pero desde ese momento en que tuve las primeras noticias, no paré de escuchar comentarios irónicos sobre su velocidad y comodidad. Curiosamente, oí varias veces que "no pasaba de 60" (como diría Endika, típico argentino exagerando)...
Pero inmediatamente me acordé del dato cuando por fin, unos diez minutos sobre la hora, escucho el ansiado bocinazo que llega bien audible desde delante. Por un momento pasan tamién por la cabeza todos los motivos que han hecho que yo esté ahí determinando cómo pasar los próximos días, y se forma un inútil intento de figurarse lo que vendrá. Allá vamos.
Y bien, la playa de vías, frecuentes pasos a nivel... El ritmo inicial al poco de salir de la estación era extremadamente lento, pero parecía que la locomotora estuviera tomando temperatura, aparte de que en zona urbana la permisividad no puede ser la misma.
Como a Buenos Aires lo rodea el muy Gran Buenos Aires, el ritmo inicial fue constante durante la primera hora de viaje, en la cual avanzábamos en dirección al ocaso con un sol más inalcanzable que nunca. La luz del exterior se desvaneció rápidamente como ocurre en el invierno austral. La fisonomía de las barriadas que atravesábamos iba cambiando de poco en poco, había más calles empedradas, pequeñas estaciones más funcionales que en el centro, barreras que timbraban ante filas de autos impacientes y sobre todo menos densidad arquitectónica, más espacios verdes acondicionados y consecuentemente más gente haciendo footing o entrenándose en grupos. Estas zonas de esparcimiento eran el orgullo de las colectividades que atravesábamos, del civismo que se mezclaba en los muros aledaños con las prolijas y omnipresentes arengas a candidatos políticos locales y nacionales, todas pintadas pacientemente a mano.
Entramos en una zona con mayor bullicio junto a la cual discurre la vía en una larga recta.
El tren reduce aún más la marcha y termina por detenerse, cortando el paso a varios ciudadanos que utilizaban un camino hecho en la hierba a base de presencia. Pese a las negativas de madres, hijas y hermanas, algunos hombres, jóvenes y niños varones comienzan a pasar por debajo de los chasis, entre los ejes más espaciados de los vagones o simplemente subiendo y bajando por las puertas, que viajan de par en par. Pese a lo desmesurada que se veía la decisión, con mayor riesgo por la vía doble, parecía ser la opción más correcta ya que no nos movimos en los siguientes diez minutos. Una madre que no se sabía la lección seguía esperando, viendo cómo gente aparecía y desaparecía constantemente delante suyo.
Con pereza inusitada, la General Electric retoma el paso, volviendo progresivamente el vagón al armónico tac-tac de las ruedas en las juntas de los rieles.
De pronto se abría la puerta del vestíbulo y por ella aparecían dos empleados ataviados con el polar azul corporativo de TEA, las siglas de empresa que se armó de coraje y apostó por que el popular 'Gran Capitán' volviera a las vías. Venían a decirnos, con toda naturalidad, que bajáramos las rejillas metálicas de las ventanas. "¿Por?" "Hasta 'Pilar', atravesamos una zona de villas".
continuará...
04/06/2005
El Gran Capitán (I)
"Tenés lugar". Era preciso escuchar que sí había pasajes libres para terminar de creerme mis intenciones. La víspera, poco antes de acostarme, me había propuesto tomar el tren que lleva hasta Posadas, la capital misionera, para cumplir así varios objetivos. Ahora me restan solamente diez días para regresar a España, pero hacía ya casi tres meses desde la última vez que salí de Buenos Aires y sentía que debía exprimir más aún mi ya larga estancia. No pasaría de tres, a lo sumo cuatro días. El viaje tendría algo de burocrático -renovar el visado pasando al Paraguay- y algo de terapéutico, pero principalmente iba a cumplir un sueño: ver vapor en movimiento.
Inmediatamente después de colgar el teléfono tomaba el colectivo 39 en dirección a Chacarita. El tren salía a las 17:30h. desde la estación de Federico Lacroze y quería asegurarme de que yo iría en él. Boleto en mano, regresaba para conseguir una mochilita prestada, lo justo para meter un par de mudas, cámara, lentes, cepillo dental, una manta y dos libros. Después escribía a mi flamante anfitrión en la ciudad de Encarnación, curiosamente un porteño que colgó unas fotos en su blog y que amablemente se presta, dice en su mail, a hacerme de cicerone.
Los coches del "Gran Capitán" lucían vistosos celeste y blanco en la última vía de la estación terminal Lacroze. Eran una "rara avis" entre el rojo y beige de los innumerables trenes suburbanos articulados en formaciones de a tres. El nuestro era, en comparación, un infinito gusano con los colores patrios relucientes disimulando alguna que otra abolladura. Recorro el andén desde el tope de la vía hasta la locomotora para familiarizarme con la situación. A la cabeza, una vigorosa y castigada General Electric (diésel), de nombre "Victoria", aguardaba la señal para arrastrar, en este orden, un vagón plataforma de dos alturas para autos, dos furgones generador, un coche-cama, un vagón restaurante, uno de primera, otros dos de clase turista, otro restaurante, alguno de clase pullman y el furgón de cola, en color caqui, con bicicletas y otros bártulos. Las ventanillas de los vagones de pasajeros eran pequeñas e iban cubiertas por una extraña rejilla metálica, y muchos de los cristales estaban rajados pero parecían bastante gruesos. Sin duda, se adivinaban sensaciones a bordo. Habrá tren para rato...
continuará