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Estaba yo en Rissani, cerca de Er Rachicia (Marruecos), cuando desde el 4x4 vi un explícito "Caja Vitoria" en una camiseta con apariencia del Valladolid. Me bajé, averigüé y comprobé, incrédulo, que era... ¡del Alegría!
Zorionak Aitor Arrieta por el alcance mundial de tu club.
Aio,
Pablo.

No me preguntéis qué hacía en el Sahara el fin de semana pasado.
Visitad el nuevo blog, donde a partir de ahora tendré un diario paralelo, más fotográfico.
www.caminandoporlasvias.blogspot.com
Saludos,
Pablo.
(Perdonen la ausencia de puntos y aparte, pero el cuestión del Navegador).Se respira tranquilidad en la estación de Monfalcone. A media hora de Trieste, no tan esquinada del mapa, la estación es atravesada por multitud de trenes regionales y expresos. Sin embargo, pese a ser el punto donde se bifurca la vía para cruzar a Eslovenia, esta condición sólo le aporta dos servicios diarios más, por lo que, aparte de algún mochilero extranjero anclado, la gente se apea y desaparece, o bien aparece, embarca y desaparece. Para nosotros, lugares así constituyen un respiro para cuerpo y alma ya que, al no tener alternativa, la cabeza deja de maquinar y uno espera postrado a lo largo o leyendo en uno de los muchos bancos vacíos.Con una hora de retraso -acumulado antes de la partida en Venecia-, el tren nos recoge para recorrer unos inútiles kilómetros prácticamente en paralelo a la vía de Trieste. Hemos tomado un desvío prácticamente abandonado pero, por extraño que parezca, es un trayecto internacional. Esta frontera soportó demasiada presión como para establecer una comunicación fluída. Allí cerca, pero ladera arriba, está Scezana. Se ven los primeros vagones eslovenos y los primeros gendarmes que, una vez detenido el convoy, controlan los pasaportes. Durante la espera, por sorpresa, encuentro una pareja de vitorianas.
La región sudoeste de Eslovenia es el famoso Karst, Carso en italiano, que da nombre a los terrenos calizos de todo el mundo, por repetir el mismo fenómeno de erosión acuosa y formación de oquedades. Valles frondosos y rocas puntiagudas, un paisaje que nos es muy familiar. A la media hora de trayecto esloveno nos detenemos en Postojna, topónimo de las famosas cuevas que son bandera del Karst. En el tiempo en que el tren permanece detenido, nos convencemos de la conveniencia de "matar ese pájaro" cuanto antes y saltamos del tren. Extraña sensación la de verse en mitad de una estación vacía, donde tan sólo tras la puerta abierta del jefe parece latir algo. Nos asomamos a la oficina: un par de señas y dos palabras entendidas, ínfima pero suficiente renta para llegar a las cuevas. Llama poderosamente la atención la prolijidad y colorido que se ven en derredor. Y es que durante tiempo confundimos a los países del este con dictadura roja y monopolio de grises. Salimos. Junto a la carretera flanqueada de grandes plátanos, una impecable vaporera de los ferrocarriles italianos, testimonio histórico y claro símbolo aperturista, nos saluda en su peana de vía muerta.
Serpenteando en dirección al pueblo sólo encontramos obreros pavimentando y fachadas sencillas pero coloridas, señalización de primera y signos de vida floreciente. Atravesamos el núcleo urbano, pasamos por el súper y nos hacemos llegar a las inmediaciones de la cueva, provista de un inmenso párking y monumental boulevard turístico. La entrada a la cueva no la olvidaré nunca: un vestíbulo y unas pequeñas escaleras que van a parar a un corredor largísimo; dos pares de raíles, de apenas 0,80 m., que lo atravesaban a lo largo al pie de un escalón; y de pronto, un trenecito amarillo de vagones abiertos aparece ante nosotros. Es obvio, debemos montarnos. Una vez en él, nos abrigamos y arranca.
El frío se hace notar inmediatamente. Atravesamos a velocidad respetable galerías que parecen infinitas, entre fantasmales, tenebrosas formas que iluminadas desde el suelo proyectan sus sombras en la penumbra de los techos. Viajamos sentados, inmóviles para psicológicamente evitar el frío, pero mirando a todos lados. Recorrido un buen tramo, hay un momento en que el tren se detiene. Una vez que la masa desciende de las vagonetas comienza un recorrido andado, de cinco kilómetros, por escenarios que uno no imaginaba en este mundo. Dicen que, entre vía y camino, hay diez kilómetros acondicionados, pero que en realidad hay varias decenas más de kilómetros de túneles explorados y más aún se esperan encontrar. Son tantas las galerías que se entrelazan que permite al tren cambiar de sentido en círculo siguiendo un circuito más o menos natural, así como trazar un ocho - puente mediante - en cierto lugar del camino; y las salas que se forman son tan diáfanas y altas como para organizar allí un macroconcierto con buena acústica. Pero lo insólito, lo verdaderamente impresionante es que no son esas salas espacios vacuos, sino que cuentan con un atrezzo de lujo: auténticos helados de piedra, de muchas bolas, rebosantes como las que ponen los heladeros generosos, con chorretones rocosos que se derriten sin remedio al estilo de los personajes de Baseman. (O más aún, como fósiles de descomunales medusas que hubieran quedado grotescamente paralizadas para la eternidad) pero a diferencia de los helados, de las Fallas de Valencia o de cualquier alegoría similar, la fuerza de la gravedad no implica destrucción, sino que es la esencia creativa, todo y que a veces, debido a corrimientos o a la fuerza de su propio peso, enormes estructuras se quiebren y yazcan para siempre atravesadas a los pies de las demás, siendo anfitrión y punto de partida de otro goteo milenario.
Hay mucho por contar. Y mucho que ordenar, por eso la pausa que me he tomado. Finalmente, tocamos Dubrovnik por el sur y Gdansk por el norte. Hoy empieza el 5º inter·rail:
Apenas a unos minutos de Venecia, también parte del Venetto, Treviso tiene mucho de su vecina mayor pero no por ello carece de una identidad propia. Situada en tierra firme, su orografía no deja de ser sencilla y el agua está igualmente presente. Tal vez menos gótica y más barroca, la arquitectura en Treviso ofrece sin embargo el enorme palacio llamado “dei Trecento”, obra de Palladio, y varios edificios pintados al fresco, práctica característica de la ciudad. Pero Treviso es una “ciudad rural”, y pese a su monumentalidad, en ella la vida discurre al ritmo de las ruedas de sus cuatro antiguos molinos. Antiguamente Tarvisium, fue levantada en la confluencia de dos ríos menores y está surcada por varios canales. La casi quietud de las aguas, los sauces llorando sobre ellas, las numerosas villas, la cadencia de los propios molinos o la introspección de sus calles porticadas, la insignificancia de la propia gente en las terrazas de la plaza, tan mínima bajo la enorme piedra del palacio, o la frialdad de la enorme catedral, que le queda grande, casi hacen excesiva incluso la denominación de ciudad. Treviso es, pese a sus 90.000 habitantes, color verde y sonido de agua.
El trayecto hasta Trieste se hace vía Udine, atravesando la llanura que separa los Alpes Orientales y Julianos. Conocemos a bordo a un grupo de ferroviarios y estudiantes de Turismo preparándose para su futuro de revisores, que a la postre pondrán a prueba su aprendizaje guiándonos en nuestra llegada a Trieste.
El caso de Trieste es interesante. Sólo fue después de la Segunda Guerra Mundial que pasó a pertenecer a Italia, tras más de quinientos años de dominación austriaca. Tal vez ayuda decir que los últimos veinte kilómetros de vía férrea transcurren casi volcados sobre el mar, por una estrecha franja entre el Adriático y territorio esloveno, formando uno de esos caprichos a menudo desgarradores de pueblos que se intuyen en algunos mapas con pasado convulso. Inmediatamente a la anexión se construyó la Piaza dell’Unitá, la más grande del país, sensación muy lograda por su disposición abierta al mar. Con apenas restos romanos o venecianos, las reminiscencias preitalianas más notorias responden al enfrentamiento entre partisanos balcánicos y nazis o a la iglesia serbia ortodoxa. Tergeste primero, Trst para los eslovenos, la fisonomía de la ciudad actual es neobarroca y austrohúngara, con amplias avenidas -donde el relieve lo permite- de edificios sobrios y fachadas ennegrecidas, de ciudad grande sin serlo, canónica y tal vez italianizada a la fuerza. Pero lo más destacable de Trieste es, igual que en Treviso, el lugar donde el agua y la vegetación colindan. De pronto, apenas uno se aleja del centro comprueba cómo el bosque se lo come todo y lo empuja contra el mar. Más salvaje, más romántica, es Trieste el perfecto reducto literario, antiguo lugar de veraneo de los Habsburgo y de inspiración de los poetas. Rilke, Joyce o Stendhal se hicieron triestinos e hicieron a Trieste universal desde sus castillos y cafés. Un largo paseo costero, de roca y árboles y aguas transparentes, lleva sin ninguna prisa hasta Miramare, el primero de los castillos, que parece felizmente olvidado, en medio de nada, casi inaccesible por tierra. Y a pocos kilómetros se encuentra el Duino, encaramado sobre una atalaya al mar y despidiendo al visitante de la ciudad por la que seguirá velando, in situ y hasta en la última guía de viaje.
Vaya con las alegor'ias medi'aticas. No soy muy freaky de ESDLA, pero tras viajar a Ushuaia, me percatće de que los paisajes de Tolkien no existen s'olo en Nueva Zelanda. Ahora s'e que tampoco existen s'olo en NZ y Argentina. Est'an al menos en la mayor parte de Croacia, desde Rijeka hasta Dubrovnik,m donde ahora estamos. Tambiđšen sše que el ćcoliseo no sšolo est'a en Roma, tambiu'en en Pula, y Dragones y Mazmorras y la gran disco en la ciudad subterr'anea de Sion tambi'en podr'ian tener lugar en Postojna, Eslovenia.
Seguramente, Kotor, en Montenegro, es lo m'as espeluznante que veamos nunca, pero tal y como van los planes, es probablew que lo dejemos para un futuro viajecito de semana Santa, junto a Serbia, y que terminemos este recorrido estival, antes de volar desde Bratislava el d'ia 25, en Gdansk, Polonia. Pero no hag'ais caso, pues de la idea al hecho... hay cientos de kil'ometros de v'ias f'erreas.
Do viđenia!!!
Pablo.
PD: qu'e cosas hace este teclado: klčćžđš. Y ol'e.
Verde, más verde. ¿Y en verano, no era verde? Incapaz de recordar. Los trigales eran igual de frondosos ayer, 29 de abril, que los tupidos quejigales y hayedos sobre ellos en las laderas de Oskia. La masa cromática verde era toda una. Inundaba la retina de manera tal que me era imposible recordar los ocres, por cojones fueron ocres, de aquellos campos durante tantos trayectos estivales u otoñales.
La ansiedad ansiosa me había hecho por fin mezclar a Herodoto con el Peer Gynt al tiempo que permanecía con la nariz arrugándose en el cristal viendo pasar pinitos. Siempre la misma historia, me había llenado la mochila de gadgets pasarratos y lo único que hacía era contemplar. Lo único malo de viajar en tren es repetir los paisajes, siempre digo, y de ahí el arsenal. Además, preveía "dormir la mona" tras la celebración de la víspera. Sucedió algo extraño, esta vez me puse los cascos. Y caray, entrar en el paso rocoso fue casi mágico, sobre la pasarela que evita los rápidos del río, entrando el el tunel barrenado y, mierda, comprobando como en Oskia, debido a esa fatal cantera, cada vez queda menos piedra. Pero tal vez producto de la música, en lugar de volver a indignarme, como en cualquier otro momento, ayer suspiré resignado y seguí deleitándome como si aquella reliquia de Renfe (432, 1970) fuera el Tren Bala que volaba.
El azar, o cualquier cosa, me hizo seguir los particulares estratos de la Sierra de Aralar, recién aparecida, hasta detener la vista en el santuario de San Miguel, allí en la cresta, camuflado por los grises. Empecé a ver en él, o en la mancha que siempre parecía, más longitud de la esperada. Una sugerente torre románica y algunas dependencias con pinta de casa de ejercicios, o de Nombre de la Rosa. Era realmente imponente, si siempre había obviado esa mirada detallada que ahora dedicaba a semejante pequeñez era nada más que por su lejanía. De pronto me habían empezado a cruzar la cabeza un sinfín de imágenes concretas, sensaciones, lugares inventados, reminiscencias de templo chino casi flotante. Ermitaño, Kalambaka, Tigre y Dragón, Lahsa, tinta, monje calvo o nadie, la verdad del mundo debía de estar metida allí arriba.
Me sorprendía tanta actividad mental para un momento tan contemplativo. Con la vista fija en la montaña, las neuronas se reactivaban sorprendentemente sobreponiéndose al letargo post-fiesta que traía, y todas las células del cuerpo parecían de pronto agitarse pese a que el tren aminoraba la marcha con suavidad. Menuda fantasía. En segundos, los muros de la estación de Huarte-Arakil, a apenas cuatro metros de la vía, sustituían cruelmente a todo aquello. Pero el momento fílmico no había terminado: los instantes de rigor frente al cemento del paredón me permitieron percatarme de nuevo de que aquella experiencia era claramente audiovisual. Y al arrancar, según el muro terminaba y dejaba aparecer de nuevo el majestuoso escenario -perfecto travelling- reconocí en mis oídos, resurgiendo con fuerza, el Moldava de Smetana. Dentro de aquella burbuja, casi quería reírme y no tenía con quién. Vaya cara de gilipollas debía de tener, allí alejándome, pero no importaba, ahora casaba todo.
De repente, me estoy dando cuenta, esta noche me apetece volver a Europa, pero pasándome España de largo. Se me ha ocurrido juntar una serie de parajes exóticos y apartados de las vías París-A'dam-Berlín. Por supuesto que se llega en tren, y sin cruzar medio mundo. Cada vez se escucha más eso de "me quiero largar pero no hay plata": tal vez sea porque pensamos en un vuelo al Caribe. A ver quién me da la primera alegría y me manda una postal desde uno de los siguientes lugares perdidos. Algunos están a tiro de japo:
Bolivia tiene los escenarios más siderales que he tenido el placer de disfrutar. Pero vayamos a las personas que, cuando se puede, los habitan. Aquello será otro capítulo.Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/